Fuerte como los brezos (cuento)

cropped-white-roseA todas las heroínas, con las disculpas que debería ofrecerles este mundo cruel, demente e injusto

La lluvia inundaba las calles aquella tarde de septiembre. Los torrentes otoñales arrastraban las penas de Érica. Un riachuelo gris descendía desde el poniente para terminar estancándose delante del cafetín junto al cual una desgastada acera era la ribera que le traía el recuerdo de los angostos ríos sobre los cuales dormían los puentes de su pueblo natal.

Érica miró hacia el cielo encapotado y se apresuró a entrar en la vetusta cafetería que se encontraba al lado del hotel donde se hospedaba con otros profesores que asistían a uno de los inútiles congresos que el Ministerio de Educación organizaba cada vez que había una crisis educativa en el país. El agua se colaba a través del techo y mojaba gota a gota el costal que una pordiosera de rostro adusto anudaba y desanudaba en el vano de la puerta y que contenía todos sus recuerdos, sus sueños, su cama, su hogar de caracol errante.

«Deme una moneda», dijo la harapienta. Entonces, una mujer gritó desde el fondo: «Portate bien o te saco». Érica le hizo una señal a quien había vociferado desde la cocina al mismo tiempo que se sentaba a la mesa situada en una esquinita del destartalado saloncito que daba a la calle. Luego dirigió la mirada a la mujer en harapos: «Esperá, esperate un ratito».

La mujer cetrina miró hacia el suelo y siguió anudando y desanudando en silencio su costal. «Señora, mejor cámbiese a otra mesa. Aquí se va a mojar. Siéntese más allá y en un momento la atiendo». Érica se levantó y volvió la mirada hacia la puerta para asegurarse de que la mendiga siguiera allí.

Entretanto, la vagabunda volvía a cerrar el costal con una cuerda muy delgada, no sin antes verificar que su misterioso contenido estuviera aún adentro. Los hombres grises se burlaban de ella y le jugaban bromas pesadas, así que no debía confiarse demasiado. La voz de Érica y su sonrisa aliviaron la inquietud de la mujer, que no se desprendía de su linyera, y le infundieron la confianza que otros aniquilaron poco a poco con sus gritos y el innecesario aspaviento que hacían cuando pasaban junto a ella.

«Regáleme una moneda», repitió en voz baja. Érica sonrió y le hizo de nuevo la misma señal que minutos antes había tranquilizado a la mujer. Los años le habían enseñado a Érica que la soledad podía ser su mejor amiga; eso sí, siempre y cuando no se quejara, hiciera a un lado la suspicacia y luchara por dominar sus melindres. Érica se esforzaba por ser auténtica y menos exigente con los demás. Pidió una taza de café.

La lluvia era constante, ligera pero insidiosa. El rostro opaco de la mujer que seguía de pie enfrente de ella, a tímida distancia, se iluminó con el fulgor de un relámpago. La imagen de aquella mujer grisácea quedó grabada en las retinas de Érica mientras sorbía el café.

Cerró los ojos al acercar el borde de la taza a los labios una vez más. Al mirar a través de la ventana, reconoció al grupo de profesores que, empapados, cruzaban la calle en dirección al hotel. «¿Me regala una moneda?», repitió la mendicante. «Vení, mamita, tomá». Érica colocó dos monedas sobre la mesa. La mujer se acercó como lo hacen los perros sumisos. «Sentate, mamita. ¿Querés una taza de café?».

La mujer de piel cenicienta sonrió, cogió una silla y la acercó a la mesa. «¡No, no, no! Aquí no podés sentarte. Te dije que si no te portabas bien te iba a sacar», dijo la mujer de la cocina, con el tono de quienes carecen de autoridad, pero fingen tenerla para ocultar las debilidades y los defectos que los harían perder el respeto de los demás.

«Déjela, por favor; la señora no me molesta. Tráigame otro café a mí y uno para ella… ah, y dos champurradas». La mesera miró hacia el mostrador del fondo, se volvió meneando la cabeza y se perdió dentro de la cocina.

Eran tres mujeres diferentes en sendas celdas. Tres mujeres en claustros ocultos de las miradas de la gente. Tres mujeres reunidas dentro de una caja atrapada en medio de las dos esquinas de una de las calles de la ciudad más gris del mundo.

Dieron las cinco de la tarde. La lluvia no cesaba. Se oyó un trueno en la distancia. Érica contó los segundos transcurridos entre el fulgor del relámpago y el trueno, tal como su madre le había enseñado de niña: la tormenta se alejaba. La indigente soltó el pan que Érica le ofreció y se cubrió los oídos con las palmas de las manos a la vez que apretaba los párpados. El retumbo de las olas del océano del cielo se repitió con un eco infinito. Una voz extraña que solo la mendiga podía oír se escondía en el rastro que cada descarga dejaba tras de sí.

Érica mojó el pan en el café. Vio hacia la cocina donde la camarera, con el ceño fruncido, limpiaba el mostrador. En ese instante, las famosas trece notas musicales del Gran Vals de Francisco Tárrega se oyeron en el recinto.[1]

La mujer intolerante sostenía el teléfono móvil y despotricaba en voz alta. Estaba molesta porque la lluvia no la dejaba marcharse a casa y su turno ya había terminado. Érica no les prestó mucha atención a sus palabras, pero sí a sus gestos. La mujer hablaba con gesticulaciones caribeñas muy expresivas que reafirmaba con la mano izquierda, la que le quedaba libre, mientras con la otra sostenía el aparato color de plata.

La tormenta menguó y las mujeres, atrapadas en sus mundos, vieron hacia afuera, hacia la calle, donde un hombre empapado de pies a cabeza usaba el teléfono monedero de enfrente. La mujer del rostro gris empezó a balbucear y a repetir términos matemáticos, geométricos y trigonométricos. La palabra hipotenusa empezó a salir de su boca una y otra vez, mientras Érica, atónita, la escuchaba sin entender por qué pronunciaba aquella palabra. La mesera cogió su bolso, metió en él el teléfono y avanzó hacia la puerta. Era la hora de marcharse a casa para seguir allá la pelea que había comenzado unos minutos antes.

Érica sacó del bolso una hoja de papel doblada por la mitad, la extendió sobre la mesa y leyó:

«brezo. (Del lat. hisp. broccĭus, y este del celta vroicos; cf. galés grug, irl. ant. froech y gaélico fraoch). 1. m. Arbusto de la familia de las Ericáceas, de uno a dos metros de altura, muy ramoso, con hojas verticales, lineales y lampiñas, flores pequeñas en grupos axilares, de color blanco verdoso o rojizas, madera dura y raíces gruesas, que sirven para hacer carbón de fragua y pipas de fumador».[2]

Campo de brezos
Campo de brezos

Érica volvió a doblar el papel y lo devolvió al interior de su bolso. Era bueno para su corazón recordar esa extraña respuesta. Ella era fuerte como los brezos. Ella había seguido adelante a pesar de la soledad y a pesar de que la vida no había sido un lecho de rosas. Realmente, aquella era una respuesta muy extraña a la pregunta que le había hecho al único hombre que había amado de verdad en su vida.

Pensó en la mujer furibunda que había salido a través de la puerta maldiciendo y tratando en vano de aliviar así su frustración; entonces se volvió a la demente que probablemente se había refugiado en el silencio para evitar el dolor y el sufrimiento. No obstante, a Érica no le quedaba más camino que ser fuerte como los brezos a los que tanto se parecía, porque el cariño es a veces más resistente que lo que muchos suelen llamar amor; y también soporta el fuego de la existencia.

Esa tarde, Érica comprendió que la predestinación no existe, que en realidad todo lo que sucede en el presente no es sino la consecuente cosecha de lo que se ha sembrado en el pasado, y que el tiempo suele venir de visita de vez en cuando a lo largo de toda la vida.

Fin

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[1] Alusión a las trece notas musicales que la empresa Nokia usaba como timbre en sus primeros teléfonos móviles. Estas fueron tomadas del Gran Vals, composición para guitarra del español Francisco Tárrega (1852-1909).

[2] Se ha tomado esta definición del Diccionario de la lengua española, Real Academia Española.

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Este cuento fue escrito originalmente en 2011. El personaje de la pordiosera está inspirado en una mujer que padecía trastornos mentales con quien el autor compartió una botella de vino en el parque Morazán, de la ciudad de Guatemala, una noche de finales de la década de los años 1980. Aunque era evidente que la mujer no comprendía nada de lo que el autor decía, esta y otras experiencias similares avivaron la curiosidad del escribiente por comprender el comportamiento humano. Los rasgos del personaje de la profesora se basan en una maestra de educación primaria, atrapada en el fallido sistema educativo de Guatemala, a quien el autor conoció en 1993. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia

La sombra de Ofelia (cuento)

cropped-white-roseOfelia se abrazó a la almohada. Al acercarla a su pecho, recordó los años desdichados junto al hombre que solo le había dejado deudas, tres hijos y un corazón herido. Buscó el amor imaginario en el perfume de la funda para aliviar la carga de darles de comer a tres muchachos que no dejaban de crecer, y esperó que el teléfono sonara…

*****

La arboleda del bulevar y las bancas carcomidas por el tiempo invitaban a los enamorados que iban en busca de refugio. La mirada de Ofelia se encontró con su cuerpo, a esa edad en que las mujeres son tan bellas como las adolescentes y tan tristes como las ancianas. Su mirada de café de montaña penetró en lo profundo de una piel que empezaba a marchitarse y que comenzaba a abrirles espacio a esas extrañas pecas que antes no estaban en sus manos ni en su escote.

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Se hacía tarde y el autobús no llegaba. Media hora después, Ofelia iba a casa con muchas mujeres como ella y con hombres parecidos a aquel que había engendrado tres hijos en su vientre y quien ―«¡qué desgracia!», se decía y se lo repetía y lo volvía a repetir a sus amigas, «¡cómo se le ocurrió morir!»―. Y todo por no pensar más que en esas estúpidas mujeres que no lo amaban… por volver día tras día a la botella con la cual embotaba sus sentidos; para dejar de pensar en la amargura de su vida, para olvidar que no habían pagado y que en casa no había más que frijoles, unas cuantas tortillas y un kilo de tristeza.

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Ofelia se puso su mejor ropa: la blusita ajustada que la hacía verse menos cerca de los cincuenta y los pantalones vaqueros con los que coqueteaba frente al espejo, para convencerse de que seguía siendo bella. Y así, con sus pequeños encantos, anduvo errante por el parquecito que remataba el bulevar, donde la esperaban los árboles fieles entre los cuales habría querido ser besada, para tener un recuerdo y algo que susurrarles a los viejos cipreses en medio de su soledad y de su efímera felicidad.

Vio la hora en el arruinado reloj de pulsera; apretó los labios, arqueó las cejas y miró hacia el suelo, donde las agujas secas de los pinos formaban una alfombra marrón con olor a ocote seco.

Era la hora de volver al salón de belleza donde aquellas mujeres altas, espigadas y delicadamente perfumadas pagaban por un peinado y una manicura más de lo que ella ganaba en una semana de trabajo. Iban a quejarse si Ofelia no estaba allí para servirles la taza de tilo con la que calmaban la histeria que les provocaba no saber qué hacer con su tiempo ni con sus caprichosos y desobedientes hijos. Vio la hora de nuevo y esperó, y espero (y suspiró…).

*****

El aire matutino acarició el rostro de Ofelia, quien aquel día estaba inusualmente exultante. Se levantó de la cama con un entusiasmo que llegó a sorprenderla. Después de ducharse con agua helada se miró al espejo con una vaga sonrisa. Aún atraía las miradas masculinas a pesar de las lonjitas y de la repentina pérdida de peso y el hambre cuando se paren tres hijos al hilo sin ningún consuelo.

Abrió la cartera para buscar las propinas del día anterior. Era temprano, así que fue por una taza de café con leche, con paso coqueto, a la cafetería que quedaba junto al salón de belleza. Los patojos ya estarían en la escuela a aquella hora. Se alegró de no vivir completamente sola; y aunque le hiciera falta quien la abrazara por las noches, las risas y el cariño de sus hijos la consolaban y le infundían el ánimo que necesitaba para seguir viviendo y levantarse todos los días antes del alba.

Se sentó junto a la ventana cuando lo vio pasar por la vereda. No sabía si lo que había sucedido unos días antes era solo una casualidad, una aparición momentánea, una extraña coincidencia, o si aquel hombre trabajaba en alguna de las oficinas que abundaban en aquel barrio. Cinco minutos después, lo vio caminar, siempre galante, en la vereda opuesta. «Mañana volveré a verlo», dijo en voz baja, y se sorprendió de su atrevimiento al pensar en una manera de encontrarse con él.

Transcurrieron las semanas,  testigos de la nueva rutina: sentarse junto a la ventana en la cafetería de siempre y en el lugar de siempre. «Café con leche, ¿verdad?», preguntó la camarera, quien la pilló más de una vez viendo por la ventana al misterioso hombre que pasaba a toda prisa cada mañana.

Después de algún tiempo, Ofelia se armó de valor para hacer lo impensable. Anotó en una servilleta de papel su número telefónico y salió de la cafetería en busca de ese amor que sería de ella y nada más que para ella. Corrió tras él a lo largo de una cuadra. Al darle alcance, se detuvo de sopetón, le dio los buenos días con voz temblorosa y le entregó el mensaje secreto, como cuando de niña les enviaba papelitos a sus compañeros de escuela. «Llámeme…», dijo en voz baja, y huyó en dirección opuesta a refugiarse en el salón de belleza.

*****

Las semanas se transformaron en meses y el café con leche se convirtió en la bebida más popular del cafetín de la cuadra. El galán seguía pasando puntual todos los días por la misma acera, delante del salón de belleza atestado de mujeres que malgastaban sus horas en conversaciones baladíes.

El tiempo, no obstante, no se detuvo. Cierta tarde, Ofelia lo vio pasar por la vereda de siempre, pero esta vez a contramano. Nunca lo había visto andar por allí a aquella hora. Oyó una voz femenina pronunciar un nombre. Una mujer corría tras él, agitando la mano y sonriendo. Él se detuvo, se volvió y caminó lentamente hacia ella. Se abrazaron, rozaron sus labios ligeramente y siguieron su camino tomados del brazo…

*****

La almohada estaba bañada en lágrimas. Ofelia se sonó la nariz y se metió debajo de las sábanas. Apagó la lámpara. La luz de la luna entró en la habitación a través de la ventana que daba al patio e iluminó las sábanas blancas.

Ofelia suspiró y apretó los párpados mientras pensaba, como siempre, que debía levantarse temprano para ir a trabajar. Los muchachos no dejaban de crecer y había que pagar las cuentas…

Se incorporó y se sentó en la orilla de la cama a contemplar la sombra que su cuerpo proyectaba sobre las sábanas, una sola sombra, una sombra y nada más… y el teléfono no sonó.

Fin

*****

La versión original de este cuento fue escrita en 2011, luego de sostener una conversación en el autobús con una mujer que salía de su empleo. El autor trabajaba entonces en un periódico cuya sede se encontraba entonces en la zona 13 de la ciudad de Guatemala. Camino al centro de la ciudad, en un Transmetro, el autor entabló charla con ella. De esa conversación nació la idea para este cuento. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia

Días de pesimismo y optimismo

cropped-white-roseEl Diccionario define el pesimismo como la «propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más desfavorable». En efecto, hay quienes van por la vida derramando amargura detrás de una falsa apariencia de realismo. No obstante, no arremeteremos contra los falsos optimistas blandiendo una apología de las realidades del día a día. El objetivo de estas palabras es demostrar que ser realista no implica ser pesimista y, por otra parte, que hasta los optimistas pueden desanimarse profundamente en ciertas ocasiones.

En efecto, el pesimismo se relaciona con el desánimo en el sentido de que quien se deja abatir por la angustia en los momentos difíciles pierde, como dice un antiguo proverbio hebreo, poder o fuerzas para seguir con su vida. En otras palabras, quien pierde la confianza o deja de asirse de aquello que le infunde ánimo (algo que todos necesitamos) se coloca en una situación peligrosa, pues puede sumirse en la depresión y, en algunos casos, en la desesperanza que conduce a extremos suicidas.

Veámoslo desde otro ángulo. La definición filosófica del pesimismo reza: «Doctrina que insiste en los aspectos negativos de la realidad y el predominio del mal sobre el bien». Ser realista y reconocer que ciertas cosas no van a mejorar, sino a empeorar (porque la evidencia y la lógica lo demuestran), no tiene por qué sumirnos en la infelicidad o impedirnos vivir con contentamiento.

Ver las cosas con realismo tampoco debería impedirnos disfrutar de las cosas buenas de la vida. No obstante, los pesimistas de oficio son incapaces de asombrarse, no ven novedad ni belleza alguna en nada y suelen pensar que la maldad es imprescindible para que exista el bien. De hecho, las manifestaciones artísticas de hoy ―el cine es el escaparate más notorio― llevan a pensar que los amantes del pesimismo anhelan un mundo oscuro, sombrío, teñido de la falsa libertad que algunos llaman anarquía.

Se dice que los libros son nuestros amigos y, sin embargo, tanto los libros como las personas influyen en nosotros para bien o para mal. ¿Quién no se ha descubierto a sí mismo en el espejo diario como alguien derrotista, colmado de amargura, egoísta hasta el límite de la misantropía que conduce en casos extremos al odio por la humanidad y por todo lo que ella representa para la vida racional y el amor? Falsos amigos se agazapan debajo de las cubiertas de algunos libros que esconden pensamientos que infunden rencor y decepción que conducen a una soledad malsana (porque también la hay saludable).

Ser optimista y tener una actitud positiva ante la vida no lidia con reconocer que los hechos muestran a las claras que ciertas cosas son como son. Quien es realista no se engaña a sí mismo pensando que todo está bien a pesar de la pruebas en contra. De hecho, pensar así impide reconocer ciertos peligros que pueden llegar a causarnos mucho daño.

Pero ¿acaso ser realista y optimista nos hace infalibles? No. Un antiguo proverbio hebreo admite que «a un sabio la opresión puede llevarlo a la locura». Seres humanos reconocidos por su valor y cualidades como la lealtad y la fidelidad han llegado a ceder a la ineludible tristeza que de vez en cuando nos invade a todos. Vivimos en sociedades incapaces de reconocer el verdadero optimismo que conduce a la felicidad, estamos en medio de un mundo cada día más enfermo de frialdad y pesimismo. Y, no obstante, algunos luchamos por mantener la cabeza fría, ser felices y vivir con optimismo sin querer ver en la realidad algo que no está más que en la querencia de los que van por la vida con una venda de ilusiones sobre los ojos.

Julio Santizo Coronado, 14 de marzo de 2020

Cuando se olvida cómo recordar

cropped-white-roseAlgo he visto pasar debajo de mi ventana: viandantes que olvidaron recordar, que se entregan a la tristeza cuando no encuentran en ninguna parte las sensaciones del pasado. Gente que se empeña en que los sentimientos de antaño se materialicen cada vez que estos vuelven al presente de la memoria.

He llegado a creer que esta insoportable manera de vivir hunde sus raíces en la veneración a ―en términos del Diccionario― la «propensión excesiva a los placeres de los sentidos» que se afianza en la adoración de la piel y la carne, una que se profundiza más y más con cada día que transcurre en medio de una generación cuyo único afán parece ser obtener el máximo placer material.

No obstante, han olvidado (¿acaso lo supieron alguna vez?) que el valor de la imaginación y de la evocación poética que se materializa en la música, en las letras, en la pintura, en la sonrisa y la charla franca (por no mencionar asuntos más profundos relativos a la espiritualidad, pero que rechaza la mayoría) son una de las raras llaves al equilibrio que conduce a la felicidad que proviene de la paz interior.

*****

Los recuerdos llenan los huecos de la soledad. Pueden hacerla más profunda o transformarse en algo nuevo: palabras, colores, sonidos o tertulia. Mientras avanzamos hacia el invierno de la vida, los recuerdos se transforman en una reiterativa fuente de placer. Es un arte recordar. Pero, como todo lo bello, los recuerdos son cada vez más banales y escasos entre la generación que se apropió del aburrimiento como una marca registrada.

No hay más charla, no hay más reunión alrededor del café con leche. Los amigos verdaderos han sido sustituidos por los falsos amigos virtuales de Facebook. Hace algunos meses, un terrible malestar me invadió al punto de paralizarme y llevarme a la tristeza cuando, después de intentar ―en vano― de entablar una charla amistosa y franca con aquellos que supuse eran algunas de las últimas personas sobre la Tierra con quienes puedo llegar a un punto de convergencia moral y espiritual, fui rechazado de nuevo con un muro de silencio y de incomprensión.

Esa experiencia hizo que recorriera el camino de vuelta y me diera cuenta por enésima vez ―porque hay revelaciones que deben ir y venir para solidificarse en la conciencia― de que algunos hemos vivido solos en medio de este mundo, lo que en realidad ha sido una feliz y providencial experiencia que nos ha permitido escapar de la mezquindad de los insulsos amigos de la enemistad, de la envidia, de la intolerancia y del desprecio que habita en la casa del resentido y que se alimenta de basura en medio de los que practican la falsa humildad, los que han olvidado cómo recordar.

Julio Santizo Coronado, 6 de marzo de 2020

De la soledad, el elogio y la misantropía

cropped-white-roseQuien se sienta descontento consigo mismo y defraudado por su humanidad quizás se crea tan solitario que ni siquiera el acompañarse a sí mismo le resulte reconfortante en ciertos días. Mucho menos alentadora y vigorizadora será la compañía de aquellos que se encuentran en la misma situación y que, no obstante, no ven o no desean ver su propia porción de desgracia humana. Ambas opciones pueden conducir eventualmente al deseo de anulación total, para usar un eufemismo.

Soledad. 1. f. Carencia voluntaria o involuntaria de compañía. […] 3. Pesar y melancolía que se sienten por la ausencia, muerte o pérdida de alguien o de algo.

Cuando la carencia de compañía es voluntaria, la soledad es soportable. Esta puede llegar a ser beneficiosa en algunas ocasiones. Mientras más avanza el siglo de la enajenación, el deseo de vivir en soledad se agiganta. Así, quienes abandonan a sus semejantes podrían ser la causa de la carencia de compañía involuntaria de quienes desean aferrarse al gregarismo. No importa que el deseo de compañía de estos últimos nazca de una personalidad de matices caninos y amor al varapalo, o que su querencia sencillamente obedezca a la persecución ciega del rebaño, quizás porque nunca aprendieron a sentarse en soledad y a cultivar el amor al silencio.

Elogio. 1. m. Alabanza de las cualidades y los méritos de alguien o de algo.

Quien elogia a menudo empalaga. Hay quienes elogian y, no obstante, al recibir censura de aquel a quien han elogiado olvidan toda cualidad o mérito, real o imaginario, del que se haya originado tal alabanza. Eso es orgullo fatuo. En otro lado del elogio adulador están quienes lo reciben como un galardón más que merecido, uno que infla el ego y lo ensalza, para colocarlo sobre un pedestal hecho de poco menos que viento. No obstante, existen quienes huyen del elogio. Callan ante él, sonríen dulcemente al oírlo e incluso llegan a temer perderse en las meras palabras y olvidar quiénes son: su desgracia humana, que conviene recordar de vez en cuando. El elogio sincero siempre será una rareza. Y recibirlo con modestia será siempre un reto.

Cuando la soledad no es carencia, sino búsqueda voluntaria y ganancia; y si a ella se añade la vergüenza de ser conscientes de nuestra verdadera condición humana (esa que demasiados no ven, muchos no han visto y que la mayoría nunca verá), entonces queda para algunos cuantos volver a la misantropía.

Misantropía. 1. f. Aversión al trato con otras personas.

Pero no se malentienda. El rechazo no tiene por qué convertirse en repugnancia. Esta actitud evasiva bien puede constituirse en el escaparate por el cual desfile esa cosa etérea e inasible, inexistente a la postre, que solemos llamar tiempo. Además, en esa vitrina podemos ver las rarezas y las virtudes, las lacras y los conflictos, las bellezas y las bondades que se mezclan y se combinan, pero que nunca cuajan en este mar sin quietud que llamamos humanidad.

Julio Santizo Coronado, 27 de julio de 2019