Noviembre (cuento)

«Creer en la inmortalidad del alma es querer que el alma sea inmortal, pero quererlo con tanta fuerza que esta querencia, atropellando a la razón, pasa sobre ella».

Miguel de Unamuno

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Los días, abalorios pertinaces, deshojan el calendario y le dicen al hombre que la vida continúa.

Levantarse de la cama y escapar de las mantas fue mucho más difícil aquella mañana, a pesar del sudor que comenzaba a gotear de sus axilas. La ventana estaba abierta y, sin embargo, el calor era insoportable. Era noviembre, así que la temperatura era inusual. No se movía ni una sola de las acartonadas hojas de la higuera. Desde la ventana del segundo piso de la casa blanca y refulgente, como la cal esparcida sobre las tapias, no se veía mecerse ni una rama del árbol.

Se ha dicho que el vacío existencial anida en el corazón. Otros aseguran que se aloja en el vientre y que, algunas veces, por extraña razón, no vuelve a salir de allí. No obstante, lo que el hombre había experimentado durante todos aquellos años no era vacuidad, sino una extraña llenura que solo era capaz de explicar como la irresistible aglomeración de todas las ideas dentro de su cabeza.

Así sucedía la mayor parte del tiempo. No obstante, en algunas ocasiones se asemejaba a la insistencia de un pensamiento solitario que iba y venía y se detenía un instante, para luego volver a ir y venir de acá para allá sin un para qué ni un porqué.

Ni lo acerbo de la boca ni la persistente gastritis le impedirían beber la taza de café amargo de cada mañana: deseo incontenible y necesaria rutina. Desde la cama de la amplia habitación vio entrar la luz que se abría paso en el espacio, a través de la ventana, y que atropellaba las motitas de polvo que flotaban en el aire inusualmente calmo y tibio de aquella mañana de otoño, que debería haber sido la más fresca de todas.

Se incorporó antes de que la solitaria idea que comenzaba a revolotear a su alrededor rebasara el nivel de lo soportable. Se sentó en la orilla de la cama y vio sus pies…

El hombre anduvo alguna vez sin rumbo a lo largo de calles oscuras en noches de verano, con el croar de las ranas y el zumbido de los zancudos como fondo sonoro, abriéndose paso a través del vaho que exhalaba el asfalto de una carretera de negro profundo que parecía no tener fin, a solas y en un país extraño y lejano.

Caminó por corredores de mármol y atravesó calles polvorientas cubiertas de majadas. Anduvo errante por las avenidas de la ciudad gris en la que nació tal como todos lo hacen: por mera casualidad histórica. Tuvo tantas tardes y tantas noches de hastío, colmadas de la insoportable porfía del único pensamiento que se movía de una parte a otra, tercamente, en medio de sus sienes, que ni él era capaz de comprender por qué seguía viendo el amanecer.

El hombre se levantó, sin olvidar evadir su odiada imagen en el espejo. Se alejó del borde de la cama y caminó hacia la puerta de la habitación en busca de la cocina que lo esperaba, como todas las mañanas, con la promesa de una taza de café. Bajó por las escaleras de madera únicamente para encontrarse con el tarro del café casi vacío. Quedaba apenas un poco de café molido para prepararse una taza de café aguado.

No había llenado la alacena durante una semana. Aguardó con la paciencia de un lector de novelas que las raciones se agotaran. Era uno de tantos detalles que no debían quedar pendientes. Tuvieron que pasar muchos años para desembocar en aquel momento, en aquella mañana, en aquel segundo: siempre había alguna razón que, impertinente, atajaba sus intenciones cuando creía llegado el día tan anhelado.

Los últimos granos de café molido pasaron de la cuchara al papel filtro para que el agua caliente hiciera todo lo demás. Una sola taza colgaba de una argolla dorada atornillada en una tablilla clavada al muro de la cocina.

El hombre suspiró. La cogió con ambas manos y apretó los párpados para sentir la textura y ver el color con ambas manos, para sentir el peso y calcular las dimensiones… Vertió el café en la taza y dirigió la mirada hacia la higuera y el jazmín plantados en el jardín del frente.

*****

La sonata en do menor comienza a inundar el vestíbulo, la salita, la mesa, el mantel, la pequeña cocina… Las notas rebotan contra las paredes de ladrillo desnudo y las duelas del piso, e impregnan el cielo raso difundiéndose por el aire, incidiendo en el vidrio y refractándose para luego escapar al jardín.

La mirada del hombre es la de un niño que ve hacia el pasado, la de un pequeño que está a la espera del padre que ha partido, que ha prometido volver pero que sabe que jamás regresará.

La escena se desenvuelve en el umbral de la nada, en soledad (se escucha la sonata número 8 al fondo), en un aislamiento y un mutismo que el hombre ha construido ladrillo a ladrillo toda su vida. El hastío de su generación sigue bullendo en cada calle y aumenta con cada nuevo e insoportable día.

Las cuerdas del piano gimen tensas y noviembre avanza extrañamente caluroso. La música acomete el tiempo mientras el viento alivia el prematuro sopor de una media mañana que va transformándose, junto con las sombras, en un mediodía que hará desaparecer la oscuridad por un instante.

La brisa se escabulle por las rendijas del marco de la ventana en busca de un refugio en la calma circundante. Entonces, el hombre bebe el café de la taza cuyos bordes le recuerdan un poema escrito con la pluma del ímpetu en una servilleta de papel.

*****

El mediodía se tornó en tarde tempestuosa mientras las memorias atizaban la angustia y el deseo de huir. El cielo, antes despejado, comenzó a colmarse del vapor que el bochorno elevaba desde el suelo. El hombre pensó en ducharse para atajar un resfriado que al final de cuentas no tendría importancia en aquel día de conclusiones y finales, como el de la sonata cuyo eco seguía resonando por toda la casa.

Escuchó una vez más el primer movimiento de la Patética, la música que dibujaba en ese momento su deseo: el anhelo de la nada, de la inexistencia que años atrás le hubiera provocado terror, pero que ahora sería el alivio deseado.

Subió de nuevo por los peldaños. Recordó las póstumas páginas escondidas en uno de los cajones de la cómoda. El pensamiento inicial de aquella mañana lo absorbió de nuevo mientras deleitaba sus sentidos con las notas que seguían brotando del piano… Comenzó a moverse sigilosamente, diríase que se deslizaba sobre el piso de madera para eternizarse en cada minuto y en cada instante que, empero, no dejaban de desprenderse como cuentas que resbalan de una sarta.

Llegó al segundo piso y se metió a la ducha. Saboreó el agua tibia que comenzaba a derramarse en sus labios. La tarde empezó a fundirse en un crisol de plomo. La llovizna empapó la albura de los jazmines y el verde maduro de la higuera. La llovizna comenzó a caer sin tregua. La vacuidad, transformada en idea, volvía a apoderarse de su mente.

Vestirse le llevó mucho más tiempo del acostumbrado. Abrió el armario y cogió una gabardina. Respiró profundo. Al pasar junto a la ventana, se percató de que el jardín había perdido el matiz claro y cálido de la mañana. Entonces, un barrunto atravesó su corazón. «Llegó el día», pensó. No había más razones para seguir soportando el tedio del intransigente y extraño hueco que crecía en su mente cada vez que los recuerdos invadían el lugar de sus pensamientos.

La tarde se vistió de nubarrones que poco a poco se unieron en una masa oscura, compacta y gris que se perdía en el horizonte. El tercer movimiento de la sonata en do mayor de Beethoven llegó a su fin una vez más. El sol empezaba a ocultarse, el viento soplaba con fuerza y cortaba la piel con un cuchillo. Había vuelto el tiempo de otoño.

El hombre bajó de nuevo por las escaleras, pero esta vez no se detuvo… cruzó el umbral. Una imperceptible sonrisa que solo el silencio fue capaz de ver se desprendió de sus ojos cuando volvió a mirar a los costados. Se acercó a los jazmines; arrancó un fruto de la higuera: el perfume y la dulzura. Caminó sobre el pasto húmedo y fresco y se volvió para observar lo que dejaba atrás. A la casa ya le hacía falta una mano de pintura, pero tendría que dejar esa tarea para otro tiempo y para otra persona; es imposible no dejar asuntos pendientes.

El hombre abrió la reja y se alejó en busca de la noche por el camino empapado de recuerdos. Era noviembre y una tormenta se acercaba.

Fin

*****

Escrito originalmente en 1990 en la 9a avenida A 1-52 zona 2, barrio Moderno, ciudad de Guatemala. Este cuento esboza el sentir de aquellos que, atormentados por un trastorno mental o una profunda herida emocional, resisten durante años hasta que, finalmente, sucumben ante la presión de una mente atormentada. Basado en la experiencia del autor y su lucha contra los pensamientos suicidas. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia

La sonata de Beethoven que se menciona en este cuento se usó de fondo durante su escritura en 1990.

«Palabras del agua y de la mar» (texto de la edición de 2016 revisado, 2019)

cropped-white-rosePalabras del agua y de la mar reúne textos en verso libre y prosa escritos principalmente entre 2011 y 2014, salvo Memento mori (2000) y Escribir (1993), publicado este último en Diario El Gráfico ese mismo año en el suplemento literario.

Fueron eliminados dos textos: Versos arrancados de la inocencia truncada (1985), luego de ponderar la posibilidad de una publicación íntegra por primera vez del original, que le fue devuelto al autor hace varios años; y Algunas veces, solamente a veces (2011), que el autor estimó de escaso valor y no más trascendente que una excusa para el comportamiento de un paciente bipolar.

Todos los textos fueron revisados por el autor. Se hallaron erratas, se eliminó ripio, algunas frases fueron modificadas y se tacharon algunas líneas y ciertos versos. No obstante, no debe pensarse que es un libro nuevo. La esencia, su espíritu, continúa intacta.

El texto se basa en la publicación del original en formato de revista, impreso por Magna Terra Editores en 2016, cuya tirada fue de 1,000 ejemplares. Conserva el prólogo del poeta y músico guatemalteco Paolo Guinea y la traducción al flamenco de Jazmines a la luz de la luna (lecciones de humildad de las amapolas), que vertió a esta lengua la poetisa belga Iris Van de Casteele (1931-2015), amiga del autor. Descargue el PDF o léalo en línea mediante el siguiente enlace.

Palabras del agua y de la mar (revisión 2019) Ediciones del Jazmín