Un grito en la oscuridad (cuento)

«Si por lo menos pudiera dejar de pensar. Los pensamientos son lo más insulso que hay, más aún que la carne. Son una cosa que se estira interminablemente, y dejan un gusto raro».

(Jean-Paul Sartre, La náusea)

cropped-white-roseSe levantó de la mesa por tercera vez y se dirigió al sanitario sin mirar a los costados, con la vista fija en la alfombra. Se cercioró de haber puesto el cerrojo y se arrodilló delante del inodoro. Esperó impaciente las arcadas y estas acudieron como siempre, fieles al ritual de los restaurantes. Debía darse prisa para no despertar sospechas.

Volvió a la mesa tratando de disimular el asco y así pasar inadvertida delante de los comensales. Vio entonces la crepa de puré de manzanas cubierta de azúcar impalpable y espolvoreada de canela. Era dulce, ¡era tan dulce! Le pasó por la mente confesar que había vomitado los primeros bocados, que era inútil esforzarse por comer y dejar de pensar a la vez.

Rayuela WPSe sentó, vio a su alrededor con pesadez y abrió la gruesa novela que él le había obsequiado esa tarde. La hojeó con la parsimonia del soporífero efecto del hambre. Estiró los labios con una mueca extraña, como si dudara de la existencia de los demás, de la comida, de aquel libro, de todo cuanto la rodeaba… de sí misma. Julio le hizo un guiño desde la Rayuela y ella se lo agradeció. Él se apresuró a abrir el libro en el capítulo 68. No imaginó entonces que aquellas palabras de Cortázar llegarían a hacerse realidad y marcarían el finale de aquella relación que lindaba con la insania.

Él la animó a beber café. Ella tragó como si el fuerte aromático se le transformara en algo más espeso que la gelatina en la garganta. Casi se podía ver descender la bebida a través de las paredes del cuello, transparentes, como si no le corriera sangre en las arterias, como si fuera piel y nada más que piel, de una palidez que hacía recordar los retratos de las reinas inglesas.

La náusea la estremeció cuando él colocó en el tenedor un poco de crepa de manzanas y lo acercó a su boca. Cerró los ojos. Era dulce, ¡era tan dulce…! Masticó despacio, casi rumiando, y las arcadas que el pavor le causaba le impidieron tragar. La panza seguía vacía, salvo por el café que se le coagulaba en medio de las paredes estomacales.

Por fin, después de unos segundos que parecieron una eternidad, tragó lentamente, como si un par de manos en la faringe y en el esófago lucharan por detener el dulce alimento. Él la observaba y la tomaba de la mano mientras ella le dirigía una lánguida mirada de ojos aceitunados, con la expresión de las súplicas de las adormideras.

Entonces, ella trató de sonreír y él le devolvió una sonrisa. No pensaba más que en aquel momento. Hubiese querido introducir el alimento en aquel débil cuerpo sin ruegos ni angustia, sin añadir más inquietud al miedo que ella sentía: el temor al vacío alimentado por la ansiedad que la inexistencia, esa certeza que todos los demás soslayaban con los placeres, la inundaba. Pero tragar era tan difícil.

Se levantó de nuevo, regresó al sanitario y el ritual volvió a empezar: asegurarse de que la puerta estuviese bien cerrada, tratar de pensar con claridad, doblar las rodillas temblorosas y luego caer delante del inodoro en actitud rogativa a la espera de la basca,[1] para regurgitar y apretarse el vientre con ambas manos y, finalmente, estremecerse. Se levantó del suelo, tiró de la cadena y se lavó la boca.

Abrirse paso entre toda aquella gente feliz y los meseros que hacían juegos malabares con las bandejas empezó a marearla. Se detuvo en medio del pasillo y respiró con breves aspiraciones que le impedían llenarse los pulmones. El embotamiento la hizo caer de nuevo sobre el mullido asiento de falso cuero marrón. Bajó la mirada y pronunció las palabras que solo la confianza podía dejar salir de sus labios: «Vomité…».

Hubo silencio. La anorexia y la catatonia ―la delgadez que solamente ella no veía― se interponían entre aquellos seres que se querían de manera extraña. Él la miró fijamente, con la ternura que da la pena y con la impotencia que produce tratar de amar sin saber cómo hacerlo, e hizo un gran esfuerzo por volver a sonreír. Le preguntó si le había gustado el libro. Ella no dijo nada; únicamente asintió y apretó los labios mientras los extendía en una mueca que disimulaba la continua sensación de vacío que nace del temor a que los recuerdos se materialicen una vez más.

Cogió la sombrilla que había dejado sobre el asiento y dijo: «¿Ves?, aquí tengo a la Maga…».[2] Entonces enmudeció y su mirada se perdió en el fondo de sí misma, en el vacío que se elongaba dentro de sí misma. Él sabía que durante los siguientes minutos no podría hacer nada. Ella estaba sola en un lugar donde nada ni nadie podían entrar: en el fondo de su mente, donde las imágenes del pasado cobraban vida silente y se desenrollaban como una película que se ve demasiadas veces y llega a confundirse con la realidad.

Ella lo miró fijamente, pero él había desaparecido. Alguien distinto ocupaba su lugar. El rostro amenazador y la mirada cínica de un fantasma le impedían hablar, gritar, ¡correr! Él la tomó de las manos, repitió su nombre en voz baja y repitió: «Soy yo, soy yo… Él ya no está aquí, no tengas miedo».

Al volver del fondo del bosque del pánico, miró a su alrededor. El murmullo de las pláticas y las risas de los clientes empezaron a ocupar el lugar del oscuro silencio que se escondía en la penumbra de sus tenebrosos recuerdos.

Entonces, hizo de nuevo aquello que él tanto detestaba y que lo sumía en la impotencia y el desasosiego: se desasió lentamente de las manos que trataban de devolverla a este lado de la realidad, se levantó de la mesa y volvió la mirada al fondo del salón una vez más.

Se encaminó al sanitario y luego de entrar cerró la puerta tras de sí, corrió el pestillo, apagó la luz y entonces, con todas las fuerzas que su desesperación había acumulado durante años de tormento desde el aciago día en que le truncaron la inocencia con violencia lanzó un grandioso y pavoroso grito.

Fin

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[1] Quizás del celta waska, opresión. «Ansia, desazón e inquietud que se experimenta en el estómago cuando se quiere vomitar» (Diccionario de la lengua española, RAE).

[2] Sobrenombre de un personaje de la novela Rayuela, de Julio Cortázar, cuyo nombre verdadero es Lucía, la madre del bebé Rocamadour.

Nota: En el vídeo se escucha en la voz de Julio Cortázar el capítulo 68 de Rayuela, al cual se alude en este relato.

 

 

*****

Este cuento data de 2011 y, como todos los que forman parte de este libro, se basa en una experiencia del autor. En él se describe con libertad fabuladora la tarde en que este le obsequió un ejemplar de la novela Rayuela, de Julio Cortázar, a la que fuese su novia a inicios de los años 1990. El relato retrata, desde el punto de vista de quien vive junto al afectado, las emociones de quien sufre un trastorno alimentario causado por un hecho traumático acontecido durante la pubertad. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia

 

El callejón infinito (cuento)

«Paranoia. Trastorno mental constituido por la presencia de una idea ilusoria fija, permanente, lógicamente construida, que condiciona una conducta anormal en el enfermo».

(La Enciclopedia Salvat)

cropped-white-roseJorge se levantó temprano y se dispuso a hacer lo que hacía todos los días. Antonin Dvořák[1] llenó la habitación con el concierto para cello en si menor.

El leitmotiv del primer movimiento inundó el aire camino al trabajo. Para que la belleza de aquella música no se evaporara en la tumultuosa aspereza citadina, Jorge dio muchos rodeos para alejarse del estruendo de las motocicletas, del lloriqueo de los niños, de los gritos de los voceadores… de todas esas cosas que arruinan el sonido del silencio encima del cual se dibuja con los colores de los sonidos bellos. Cerró las ventanillas del automóvil y sonrió cuando confirmó que Dvořák continuaba junto a él.

Cuando una patrulla policiaca pasó a su lado, la sospecha de que su fin estaba escrito en las oscuras páginas de un libro secreto pasó por su cabeza. Las coincidencias no eran sino la apariencia de una realidad más profunda. El hombrecillo de la esquina seguía observándolo. Aquella mirada penetrante se desvió en otra dirección, en aparente acto de indiferencia; sin embargo, Jorge sabía que aquel hombre lo observaba sin siquiera mirarlo. Estaba seguro: era a él a quien vigilaban desde hacía varios días.

Unos días antes, otro automóvil de la policía se había acercado sigilosamente a Jorge, quien saludó con amabilidad a los agentes. Los tres hombres no respondieron. No había otra explicación: habían callado para no despertar las sospechas de Jorge. Sin embargo, solo habían obtenido el efecto opuesto. Ya no cabía duda: aquellas no eran coincidencias, sino la orquestada partitura de una confabulación que tenía como fin un oscuro propósito.

Llegó a la clínica, se puso la bata y revisó la agenda. Iba a ser un día ajetreado. Fuera de un par de conocidos, recibiría a muchos pacientes nuevos. Era muy extraño que tantos desconocidos lo visitaran justamente ese día.

En ese momento, tocaron a la puerta con gentileza. Hizo pasar a Gertrudis, la paciente de las piernas varicosas, a quien conocía desde hacía varios años. Su sola condición hacía improbable que ella fuera la persona enviada por sus perseguidores. No obstante, aquello solo sembró más duda en Jorge. Estaba convencido de que no existían las coincidencias. Aunque hizo un gran esfuerzo por sacarse de la cabeza el nudo gordiano[2] de cuyos extremos era imposible tirar, terminó por pedirle a la recepcionista que cambiara las fechas de las citas de los nuevos pacientes. De ese modo, el enviado, fuese quien fuese, desistiría al creerse descubierto y no volvería, o por lo menos postergaría el final. ¿Y después…? ¿Y si no se daban por vencidos quienes iban tras él?

Salió en busca de un café. Se lanzó a las calles atestadas del mediodía. Al llegar a la esquina, un hombrecillo de agreste apariencia se llevó el teléfono móvil al oído mientras Jorge pasaba junto a él. El médico vio hacia el suelo y se preguntó si lo habrían descubierto o si estarían al tanto de su rutina: el café, las calles, la cafetería de todos los días…

Se alejó a toda prisa. Echó a correr. Decidió no volver al consultorio por sus pertenencias. Poco importaba perder unos cuantos pacientes. Además, Marta se encargaría de las citas. Lo que realmente importaba era impedir que lo encontraran.

Aquella mañana, Jorge no había hallado lugar en el aparcamiento, por lo que había dejado el automóvil en una callejuela detrás de la clínica. Se aseguró de tener las llaves en el bolsillo y se dirigió a pie calle arriba, al oeste, en busca de la vía más concurrida; dio vuelta hacia el sur para enfilar después calle abajo hasta la parada de autobuses a fin de que le perdieran la pista.

Buscó a Dvořák… Este seguía en el mismo lugar. Le infundía confianza y coraje repetir el tema, paaa, parará… paaa, parará… pero entonces, una mirada de maldad le lanzó un destello de ira a los ojos. Fue tan breve que era imposible dudarlo. ¡Estaban siguiéndolo! Media cuadra adelante, sobre la avenida, cuando caminaba hacia el norte, el teléfono de un fulano apostado en el vano de un portal empezó a sonar. El hombre hablaba en voz baja mientras Jorge pasaba junto a él con la mirada clavada en la acera. «Sí, lo voy a hacer…».

El pavor se apoderó de Jorge. Pocos metros lo separaban del autobús que lo llevaría a la seguridad del hogar y de vuelta a Dvořák. Unos policías caminaban en dirección a la patrulla que rondaba la manzana. La sirena emitió ese desagradable sonido que presagia lo terrible. Subió de un salto al autobús. Un muchacho se encaramó por la puerta trasera y Jorge fue incapaz de quitarle los ojos de encima a lo largo del trayecto.

Bajó del autobús dos cuadras antes de la parada más cercana a su casa. Dio una vuelta a la manzana, siempre cruzando a la izquierda, y así se aseguró de que el muchacho no estuviese siguiéndolo. Caminó por una calle paralela a la de casa, dos cuadras abajo, hacia el este, y luego cruzó a la izquierda nuevamente hasta encontrar la calle donde lo esperaba la seguridad del hogar. Subió por las escaleras sin dejar de ver por encima del hombro, abrió la puerta y entró sin volverse.

Nunca había oído pasar tantos automóviles delante de su casa como en aquella tarde de inicios de primavera. Buscó el disco de Dvořák. El concierto para cello volvió a la vida: paaa, parará… paaa, parará… No había más que una lata de Coca-Cola en el refrigerador, pero no podía arriesgarse a salir de casa. Para asegurarse de que ya no lo buscaban, debía esperar por lo menos dos días. Pero ¿qué pasaría con sus pacientes?

Dos días después, Marta llamó toda la mañana a casa de Jorge, quien descolgó con cuidado y, cambiando el timbre de la voz, pronunció un tímido «diga…». Marta le informó que habían roto una ventanilla de su auto y que se habían robado el estéreo. No podían haber sido sus perseguidores. No era posible, a menos que… ¡seguramente trataban de desviar su atención para confundirlo, para que se sintiera más confiado y pensara que no se trataba sino de simples ladronzuelos!

A Jorge no le cabía duda alguna de que sus perseguidores estaban al tanto de sus pensamientos. Así que no les quedaba sino apresurar el desenlace o darse por vencidos. Por lo tanto, decidió salir de casa. No había nada de comer. Se vistió y salió a dar una vuelta a la manzana, con una ropa distinta a la que había usado todo el día, en caso de que rondaran el vecindario y quizás lo hubieran visto a través de alguna ventana. Volvió a casa y se mudó de nuevo. Se rasuró la barba y se puso una gorra de béisbol. Quizás lo confundirían con alguien más. Tomó la precaución de caminar por una calle no acostumbrada. Dvořák seguía en su cabeza, pero no iría a buscar el automóvil. Aquel podría ser un ardid, el cebo con el cual lo atraparían.

Las cuadras que lo separaban del supermercado fueron las más largas de su vida. Todos parecían sospechosos. Podía ser cualquiera. ¿Cómo saberlo y fingir confianza? Compró sopa enlatada Campbell’s, tres latas de Coca-Cola, una hogaza de pan y una barra mantequilla con sal. Pagó en efectivo, no era seguro usar tarjeta. Salió, pero no sin ver antes a todos lados.

Al cruzar la última esquina antes de llegar a casa, un auto con las ventanillas cerradas y vidrios oscuros pasó junto a él muy despacio. Ocultó la mirada debajo de la visera e hizo un gran esfuerzo por tranquilizarse, pero ya era tarde… probablemente habían conjeturado que él usaría esa ruta para evitar ser encontrado.

El automóvil se detuvo en la esquina. Jorge empezó a agitarse y a sentirse fatigado. Mientras se le aceleraba el pulso, la sangre se le agolpaba en las sienes. Entonces, echó a correr. Llegó a casa, cerró la reja, pero olvidó asegurar el candado. Dio un portazo y se escondió en la habitación. Se metió en la cama, encendió el televisor y trató de no pensar en lo que acababa de suceder. ¡Estaba vivo, había escapado de sus perseguidores! Pero ¿por cuánto tiempo…?

No se apareció por la clínica durante una semana. Iba al supermercado en busca de sus latas de sopa a distinta hora cada día. El efectivo empezaba a escasear, pero no se atrevía a usar el ATM y arriesgarse a caer en una celada. Al cabo de ocho días, fue de compras a un supermercado que estaba en la dirección opuesta al que solía frecuentar y en donde había varios cajeros automáticos. Se percibía algo diferente en el ambiente ese día. Jorge se sintió aliviado. No había gente extraña en las calles; vio pasar a sus vecinos, a los de siempre, y, aunque desconocía sus nombres y sus ocupaciones, pudo reconocerlos. Nada le era ajeno. En el estanquillo, las portadas de los periódicos informaban: «Capturan a peligrosa banda de criminales. Una intensa búsqueda culmina con éxito y con la muerte de los cabecillas». ¡Qué alivio! Eso explicaba todo lo que había estado ocurriendo durante aquellos agobiantes días.

Caminó tranquilo de vuelta a casa, seguro de que la vida volvería a ser como antes; feliz de saber que podría regresar a la rutina. Al detenerse en la esquina, una motocicleta se acercó a toda velocidad. Una idea cruzó por su mente: de un momento a otro empezarían a disparar. Cerró los ojos y se preparó para morir. La moto pasó de largo. Era un repartidor de pizza. Jorge se rio como un tonto. Ahora estaba bastante seguro de que no lo esperaban más sobresaltos.

Transcurrió una semana. Jorge volvió a la clínica y atendió a todos sus pacientes, incluso a los nuevos, ahora con la confianza de saber que ninguno había sido enviado por sus perseguidores. La barba comenzó a crecerle de nuevo. Tuvo tiempo para descansar durante aquel fin de semana. Al acercarse el mediodía, se le antojó una Coca-Cola. Salió a buscarla al supermercado. Caminó sin prisa, disfrutando del calor de la primavera. No se había sentido tan bien en muchos días. Ahora podría comprar todo lo que quisiera y no solo la sopa de tomate enlatada que tanto le gustaba.

Fue entonces cuando apareció. Mientras subía por las gradas hacia el segundo piso, vio un automóvil que desaceleraba mientras iba acercándose a él por el bulevar. Justo un poco antes de hallarse junto a Jorge, un hombre bajó el vidrio de la ventanilla derecha de vidrios polarizados y, haciendo un guiño, apuntó el índice en dirección a Jorge. Dvořák guardó silencio.

Fin

*****

[1] Compositor de nacionalidad austrohúngara (1841-1904), célebre por su Sinfonía desde el Nuevo Mundo. En este cuento se alude al tema del primer movimiento de su Concierto para cello No. 2 en si menor, opus 104. (Pronunciación figurada aproximada del apellido checo del músico: /dèbōyiák/; Dvořák).

[2] «Nudo que ataba al yugo la lanza del carro de Gordio, antiguo rey de Frigia, el cual dicen que estaba hecho con tal artificio que no se podía descubrir ninguno de los dos cabos» (Diccionario de la lengua española, RAE).

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Cuento escrito en 2011 y basado en la experiencia personal del autor, quien durante décadas ha convivido con la depresión causada por el trastorno psicoafectivo bipolar. Este relato fue escrito a manera de liberación en busca de autocomprensión de la paranoia que durante un tiempo aquejó al autor al punto de paralizarlo. Luego de una experiencia similar a la descrita en el cuento, el autor dejó de visitar durante un año el Centro Histórico de la ciudad de Guatemala, cuyas calles detonaban sensaciones como las descritas. El concierto para cello de Antonin Dvořák es una de las composiciones favoritas del autor, por herencia de su madre a quien también le gustaba. Durante la composición de este cuento, el escribiente escuchaba este concierto. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia

Y al final del invierno… de nuevo la esperanza

cropped-white-roseQuienes desean perpetuar la seguidilla de fracasos humanos suelen tildar de pesimistas las palabras del Congregador, que se recogen en apenas 12 capítulos que, no obstante, me parecen el mejor manual para la vida y la más franca y realista descripción de la existencia humana y de las consecuencias de la tontedad y la locura, pero también de la satisfacción y de la paz que pueden obtenerse del contentamiento que la sencillez y el obrar con sabiduría traen como natural consecuencia.

Concluye Salomón con una poética descripción de los rigores del invierno de la existencia y sus efectos en la carne del hombre mortal, y lo hace junto con una cariñosa invitación a quien es joven y que, debido al vigor, olvida que las flores de la primavera se marchitan, y que el ardor del verano es breve, que la sensatez del otoño es leve y que al final del camino a todos nos espera el frío invernal.

Escribió el rey Salomón hace unos 3,000 años:

«Acuérdate de tu Gran Creador en tu juventud, antes de que vengan los días angustiosos y lleguen los años en que vas a decir: “No encuentro en ellos ningún placer”; antes de que se oscurezcan el sol, la luz, la luna y las estrellas, y regresen las nubes después del aguacero; cuando los guardianes de la casa se vuelvan temblorosos, los hombres fuertes se encorven, las mujeres dejen de moler porque ya quedan pocas y las señoras que miran por las ventanas vean oscuridad; cuando las puertas que dan a la calle se cierren, cuando el sonido del molino se oiga bajo, cuando uno se despierte al canto de un pájaro y todas las hijas del canto se debiliten; cuando además uno tenga miedo a las alturas y haya temores en la calle; cuando el almendro florezca, el saltamontes se arrastre y la alcaparra reviente, porque el hombre va caminando a su casa permanente y los que hacen duelo andan por las calles; antes de que se parta el cordón de plata, se haga pedazos el tazón de oro, se rompa la vasija junto a la fuente y se quiebre la rueda para sacar agua del pozo. Entonces el polvo vuelve a la tierra, tal como era, y el espíritu vuelve al Dios verdadero, que lo dio. ¡La mayor de las vanidades! —dice el congregador—. ¡Todo es en vano!»

Y, no obstante, el ser humano se aferra a la vida, a la vida sin fin que fue implantada en su corazón.

El 29 de marzo de 2019 evoqué la primavera y los dolores que esta trae para los que llevan en su corazón la llama del vigor y el fuego de la demencia, pero a la vez la tranquilizadora monotonía de las lluvias primaverales. Entonces, el 27 de junio, me referí al océano de luz del verano y a sus consecuencias para aquellos cuyas mentes son más sensibles a los cambios de luz estacionales. Más tarde, el 31 de octubre, traté de describir las sensaciones placenteras que el otoño me brinda, a pesar de la leve tristeza, esa que suelo llamar dulce melancolía.

Touched with Fire JSCHoy, me ocupo del invierno. No obstante, no voy a citar a la doctora Kay Redfield Jamison ni a su interesante libro Marcados con fuego, del cual me ocupé en las tres entradas aludidas. Solo diré que, aunque la primavera ha sido a lo largo de mis casi 55 años la antesala de la desesperación, aliviada solamente por las frescas gotas de las lluvias primaverales, hoy la veo de manera distinta cuando pienso en el dolor del cual suelo olvidarme… no solo el que reside en la mente; hablo de los malestares y las limitaciones que Salomón describió magistralmente por inspiración suprema y que, por varias razones, a veces nos alcanzan más pronto de lo que quisiéramos.

Empero, estas palabras no están escritas con pesadumbre, sino con satisfacción, con deseos de vivir y con la confianza de que aunque nuestros días lleguen a su fin, siempre habrá esperanza, porque la vida es imparable y el campo siempre se cubrirá de flores cuando venga por fin la última primavera.

Julio Santizo Coronado, 2 de enero de 2020 (invierno)

Mecido por la noche del otoño

cropped-white-roseA lo largo de mi vida, las fluctuaciones del estado de ánimo han seguido un patrón estacional que intuí desde la niñez. No obstante, no fue sino hasta hace unos cuantos años cuando comencé a observar con más atención tales cambios, a comprenderlos y a actuar en consecuencia. No extraña, por tanto, que siendo un niño de unos 8 o 9 años, hasta donde puedo recordar, sintiera verdadera aversión por el mes de marzo (nací y vivo en el hemisferio norte) y tampoco que me sintiera especialmente incómodo cuando la primavera se acercaba. Las cefaleas fueron, y siguen siendo, el mayor problema durante la primavera, hasta que el verano se establece.

No obstante, la oscuridad de la noche siempre me ha dado alivio. Lamentablemente, no siempre manejé bien este recurso; y aunque la vida nocturna como suele entenderse nunca fue en mi caso la mejor manera de sentirme bien, ya que siempre huí del ruido y de las multitudes, sobreviví en la ciudad de Guatemala a los paseos nocturnos desde la medianoche hasta cerca del amanecer, en una época en que la violencia no había llegado al crítico nivel del siglo XXI. Esto tiene mucho sentido, ya que la fluctuación lumínica diaria guarda correspondencia con el cambio de estaciones y la menor cantidad de luz que recibimos en el hemisferio norte en el otoño y, más tarde, en el oscuro y frío invierno.

Apunta la doctora Kay Redfield Jamison en el capítulo IV de su libro Marcados con fuego: La enfermedad maníaco-depresiva y el temperamento artístico, página 134 (Fondo de Cultura Económica, 1998), citando a W. Mayer-Gross, E. Slater y M Roth:

«Los síntomas mejoran cerca del anochecer, en especial la lentitud y el estado de ánimo depresivo cambian para bien. Sin embargo, por la mañana el paciente despierta de su sueño con un humor característicamente sombrío, o solo se siente bien durante algunos minutos antes ―como dicen― de que caiga sobre él la depresión “como una nube”».

Eso es precisamente lo que experimento, y tal ciclo, me parece, se ha definido con mucha más claridad mientras me acerco a la tercera edad. Felizmente, también es más fácil reconocer los cambios y actuar en consecuencia. La doctora Redfield Jamison anota:

«Los ritmos circadianos están implicados en algunos síntomas de la depresión, tales como el despertar temprano y la variación diurna del humor».

Touched with Fire JSCNo obstante, a pesar de que desde tiempos de Hipócrates se observa que la manía y la melancolía se acentúan en la primavera y el otoño, en el caso que describo (el mío), la segunda es especialmente benéfica en el otoño, al punto de haberla calificado con el adjetivo dulce. Esa dulce melancolía es lo que me permite, especialmente entre octubre y noviembre, ser más productivo en sentido estético (eludo la arrogancia, así la veo, de llamarlo artístico). De tal suerte que justo hoy, 31 de octubre, a comienzos del otoño, he finalizado la escritura de un nuevo libro para niños: El libro que enseñaba a escribir.

Así como los días del año favorecen a quienes son especialmente sensibles a las fluctuaciones de luz, la noche del año, que principia en el otoño, resulta bienhechora (incluso en los trópicos, donde nací, crecí y vivo), pues los pacientes bipolares son aún más sensibles a tales cambios lumínicos. Las noches, las noches largas, los días fríos y ventosos, la lluvia otoñal, las tardes grises, todos estos (al menos en mi caso) favorecen la creatividad y la sensación de paz y tranquilidad… siempre y cuando sobreviva a la luz del día y a la luz terrible de la primavera, la peor estación para los poetas que lo son.

Julio Santizo Coronado, 31 de octubre de 2019 (otoño)

Cabalgando sobre las llamas del verano

cropped-white-roseEl 29 de marzo, cuando la primavera y el fulgor del sol ahogaban la tranquilidad de los días de la dulce melancolía que poco a poco se fue disolviendo en un océano de luz, escribimos A la espera de la primera lluvia de primavera. Nos referimos entonces al capítulo V de Marcados con fuego: La enfermedad maníaco-depresiva y el temperamento artístico, de Kay Redfield Jamison, titulado “La gangrena de la mente en estado salvaje”, y extrajimos de sus páginas algunas de las más angustiosas expresiones del poeta Lord Byron.

Ahora, cuando el verano ha comenzado en el hemisferio norte, cuando las lluvias de la primavera han dejado de ser un bálsamo tranquilizador para transformarse en las llamas del estío, citamos algunas de las observaciones de la doctora Redfield Jamison (quien vive con el trastorno psicoafectivo bipolar) que encontramos en el capítulo IV (“Sus vidas cabalgan sobre la tormenta”):

«Hace más de dos mil años, Hipócrates observó que la manía y la melancolía se presentaban con mayor frecuencia en la primavera y en el otoño, y Posidonio, en el siglo IV d. C., observó que la manía solía ocurrir con más frecuencia en los meses del verano. A finales del siglo XVIII, el psiquiatra francés Philipe Pinel describió las pautas estacionales de la locura intermitente, y a principios del siglo XIX Kraepelin, escribiendo acerca de la enfermedad maníaco-depresiva, describió sus experiencias clínicas sobre las pautas estacionales del humor: “Vi en repetidas ocasiones que en estos casos aparecía un humor taciturno en el otoño, el cual se desvanecía en la primavera: ‘cuando la savia brota de los árboles’, para excitación, que en cierto sentido corresponde a los cambios emocionales experimentados hasta por los individuos saludables cuando cambian las estaciones'”».

Touched with Fire JSCRecuerdo que en mi infancia, quizás entre los años 1970 y 1974, cuando tenía entre cinco y nueve años de edad, marzo y el calor en aumento de la primavera eran una condena que se traducía en jaquecas y malestares que, estuviese o no a solas, se transformaban en una sensación de ausencia y aislamiento que no podía explicar sino con las desconcertantes palabras dirigidas a menudo a mi madre: «No quepo dentro de mi cuerpo». Y si a eso añadimos tardes de verdadera soledad, es decir, dos soledades conviviendo en la misma mente, y en una gran casa de dos plantas, sin duda fui muy afortunado al sobrevivir a aquellos días, especialmente cuando el verano se materializaba en un país tropical en el cual todos niegan la existencia de las estaciones y donde erróneamente llaman invierno a la primavera y al verano. La doctora Redfield Jamison confirma mis pueriles sensaciones:

«La investigación moderna confirma estas observaciones. Hace poco revisé la bibliografía científica sobre las pautas estacionales de la manía, la depresión y el suicidio […]. La revisión de estos estudios de los meses críticos de las pautas estacionales en que se presentan episodios de manía y depresión indican que los hallazgos son congruentes a pesar de los problemas metodológicos intrínsecos en este tipo de investigaciones. Hay dos períodos generales de crisis, evidentes en la incidencia estacional de los episodios de depresión mayor: la primavera (marzo, abril y mayo) y el otoño (septiembre, octubre y noviembre). Tenemos menos información sobre la manía, pero su incidencia principal ocurre en los meses del verano y a principios del otoño».

Así es, incluso en las regiones tropicales, donde los cambios de luz asociados a las estaciones parecen no ser evidentes (salvo para quienes viven con una exacerbación de los sentidos y luchan día a día contra las emociones que se lanzan desbocadas) esto es un hecho. Estos cambios se expresan a menudo como comportamientos que pueden ir desde lo que a algunos resulta extraño o molesto, hasta la verborrea, la osadía y la falta de juicio, incluso en el caso de los más conscientes de su propia naturaleza o «condición», para usar ese eufemismo tan en boga del cual echan mano incluso algunos pacientes para convencerse de que aquello con lo que conviven no es una enfermedad, lo que podría ser un desatino que conduzca a la enajenación.

La doctora Kay Redfield Jamison incluye en el capítulo de Marcados con fuego que hemos citado los versos con que T. S. Eliot expresa las «metáforas de la vida y del proceso creador, sus yermos inviernos y sus esperadas primaveras, y sus perturbadoras y cambiantes estaciones», tomadas de Little Gidding:

Cuando más brilla el breve día con niebla y fuego, / El breve sol deshace el hielo del dique y del estanque / En frío sin viento, que es calor del alma / Reverberando en un espejo acuoso, / Un brillo que es ceguera por la tarde. / Un destello más intenso que la llama de leña o del brasero agita el alma aturdida; no hay viento sino pentecostal fuego, / En la época tenebrosa del año, entre deshielo y hielo / La savia del alma se estremece. No hay olor a tierra / Ni olor a ser vivo. Esta es la primavera / Pero no la pactada con el tiempo.

Antonio Vivaldi expresa esa transición en la escala de los sentidos y las emociones, y la lucha que se entabla en la mente de todos los seres humanos, especialmente de aquellos que han sido tocados por el fuego, en El verano.

Julio Santizo Coronado, 27 de junio de 2019 (verano)