El callejón infinito (cuento)

«Paranoia. Trastorno mental constituido por la presencia de una idea ilusoria fija, permanente, lógicamente construida, que condiciona una conducta anormal en el enfermo».

(La Enciclopedia Salvat)

cropped-white-roseJorge se levantó temprano y se dispuso a hacer lo que hacía todos los días. Antonin Dvořák[1] llenó la habitación con el concierto para cello en si menor.

El leitmotiv del primer movimiento inundó el aire camino al trabajo. Para que la belleza de aquella música no se evaporara en la tumultuosa aspereza citadina, Jorge dio muchos rodeos para alejarse del estruendo de las motocicletas, del lloriqueo de los niños, de los gritos de los voceadores… de todas esas cosas que arruinan el sonido del silencio encima del cual se dibuja con los colores de los sonidos bellos. Cerró las ventanillas del automóvil y sonrió cuando confirmó que Dvořák continuaba junto a él.

Cuando una patrulla policiaca pasó a su lado, la sospecha de que su fin estaba escrito en las oscuras páginas de un libro secreto pasó por su cabeza. Las coincidencias no eran sino la apariencia de una realidad más profunda. El hombrecillo de la esquina seguía observándolo. Aquella mirada penetrante se desvió en otra dirección, en aparente acto de indiferencia; sin embargo, Jorge sabía que aquel hombre lo observaba sin siquiera mirarlo. Estaba seguro: era a él a quien vigilaban desde hacía varios días.

Unos días antes, otro automóvil de la policía se había acercado sigilosamente a Jorge, quien saludó con amabilidad a los agentes. Los tres hombres no respondieron. No había otra explicación: habían callado para no despertar las sospechas de Jorge. Sin embargo, solo habían obtenido el efecto opuesto. Ya no cabía duda: aquellas no eran coincidencias, sino la orquestada partitura de una confabulación que tenía como fin un oscuro propósito.

Llegó a la clínica, se puso la bata y revisó la agenda. Iba a ser un día ajetreado. Fuera de un par de conocidos, recibiría a muchos pacientes nuevos. Era muy extraño que tantos desconocidos lo visitaran justamente ese día.

En ese momento, tocaron a la puerta con gentileza. Hizo pasar a Gertrudis, la paciente de las piernas varicosas, a quien conocía desde hacía varios años. Su sola condición hacía improbable que ella fuera la persona enviada por sus perseguidores. No obstante, aquello solo sembró más duda en Jorge. Estaba convencido de que no existían las coincidencias. Aunque hizo un gran esfuerzo por sacarse de la cabeza el nudo gordiano[2] de cuyos extremos era imposible tirar, terminó por pedirle a la recepcionista que cambiara las fechas de las citas de los nuevos pacientes. De ese modo, el enviado, fuese quien fuese, desistiría al creerse descubierto y no volvería, o por lo menos postergaría el final. ¿Y después…? ¿Y si no se daban por vencidos quienes iban tras él?

Salió en busca de un café. Se lanzó a las calles atestadas del mediodía. Al llegar a la esquina, un hombrecillo de agreste apariencia se llevó el teléfono móvil al oído mientras Jorge pasaba junto a él. El médico vio hacia el suelo y se preguntó si lo habrían descubierto o si estarían al tanto de su rutina: el café, las calles, la cafetería de todos los días…

Se alejó a toda prisa. Echó a correr. Decidió no volver al consultorio por sus pertenencias. Poco importaba perder unos cuantos pacientes. Además, Marta se encargaría de las citas. Lo que realmente importaba era impedir que lo encontraran.

Aquella mañana, Jorge no había hallado lugar en el aparcamiento, por lo que había dejado el automóvil en una callejuela detrás de la clínica. Se aseguró de tener las llaves en el bolsillo y se dirigió a pie calle arriba, al oeste, en busca de la vía más concurrida; dio vuelta hacia el sur para enfilar después calle abajo hasta la parada de autobuses a fin de que le perdieran la pista.

Buscó a Dvořák… Este seguía en el mismo lugar. Le infundía confianza y coraje repetir el tema, paaa, parará… paaa, parará… pero entonces, una mirada de maldad le lanzó un destello de ira a los ojos. Fue tan breve que era imposible dudarlo. ¡Estaban siguiéndolo! Media cuadra adelante, sobre la avenida, cuando caminaba hacia el norte, el teléfono de un fulano apostado en el vano de un portal empezó a sonar. El hombre hablaba en voz baja mientras Jorge pasaba junto a él con la mirada clavada en la acera. «Sí, lo voy a hacer…».

El pavor se apoderó de Jorge. Pocos metros lo separaban del autobús que lo llevaría a la seguridad del hogar y de vuelta a Dvořák. Unos policías caminaban en dirección a la patrulla que rondaba la manzana. La sirena emitió ese desagradable sonido que presagia lo terrible. Subió de un salto al autobús. Un muchacho se encaramó por la puerta trasera y Jorge fue incapaz de quitarle los ojos de encima a lo largo del trayecto.

Bajó del autobús dos cuadras antes de la parada más cercana a su casa. Dio una vuelta a la manzana, siempre cruzando a la izquierda, y así se aseguró de que el muchacho no estuviese siguiéndolo. Caminó por una calle paralela a la de casa, dos cuadras abajo, hacia el este, y luego cruzó a la izquierda nuevamente hasta encontrar la calle donde lo esperaba la seguridad del hogar. Subió por las escaleras sin dejar de ver por encima del hombro, abrió la puerta y entró sin volverse.

Nunca había oído pasar tantos automóviles delante de su casa como en aquella tarde de inicios de primavera. Buscó el disco de Dvořák. El concierto para cello volvió a la vida: paaa, parará… paaa, parará… No había más que una lata de Coca-Cola en el refrigerador, pero no podía arriesgarse a salir de casa. Para asegurarse de que ya no lo buscaban, debía esperar por lo menos dos días. Pero ¿qué pasaría con sus pacientes?

Dos días después, Marta llamó toda la mañana a casa de Jorge, quien descolgó con cuidado y, cambiando el timbre de la voz, pronunció un tímido «diga…». Marta le informó que habían roto una ventanilla de su auto y que se habían robado el estéreo. No podían haber sido sus perseguidores. No era posible, a menos que… ¡seguramente trataban de desviar su atención para confundirlo, para que se sintiera más confiado y pensara que no se trataba sino de simples ladronzuelos!

A Jorge no le cabía duda alguna de que sus perseguidores estaban al tanto de sus pensamientos. Así que no les quedaba sino apresurar el desenlace o darse por vencidos. Por lo tanto, decidió salir de casa. No había nada de comer. Se vistió y salió a dar una vuelta a la manzana, con una ropa distinta a la que había usado todo el día, en caso de que rondaran el vecindario y quizás lo hubieran visto a través de alguna ventana. Volvió a casa y se mudó de nuevo. Se rasuró la barba y se puso una gorra de béisbol. Quizás lo confundirían con alguien más. Tomó la precaución de caminar por una calle no acostumbrada. Dvořák seguía en su cabeza, pero no iría a buscar el automóvil. Aquel podría ser un ardid, el cebo con el cual lo atraparían.

Las cuadras que lo separaban del supermercado fueron las más largas de su vida. Todos parecían sospechosos. Podía ser cualquiera. ¿Cómo saberlo y fingir confianza? Compró sopa enlatada Campbell’s, tres latas de Coca-Cola, una hogaza de pan y una barra mantequilla con sal. Pagó en efectivo, no era seguro usar tarjeta. Salió, pero no sin ver antes a todos lados.

Al cruzar la última esquina antes de llegar a casa, un auto con las ventanillas cerradas y vidrios oscuros pasó junto a él muy despacio. Ocultó la mirada debajo de la visera e hizo un gran esfuerzo por tranquilizarse, pero ya era tarde… probablemente habían conjeturado que él usaría esa ruta para evitar ser encontrado.

El automóvil se detuvo en la esquina. Jorge empezó a agitarse y a sentirse fatigado. Mientras se le aceleraba el pulso, la sangre se le agolpaba en las sienes. Entonces, echó a correr. Llegó a casa, cerró la reja, pero olvidó asegurar el candado. Dio un portazo y se escondió en la habitación. Se metió en la cama, encendió el televisor y trató de no pensar en lo que acababa de suceder. ¡Estaba vivo, había escapado de sus perseguidores! Pero ¿por cuánto tiempo…?

No se apareció por la clínica durante una semana. Iba al supermercado en busca de sus latas de sopa a distinta hora cada día. El efectivo empezaba a escasear, pero no se atrevía a usar el ATM y arriesgarse a caer en una celada. Al cabo de ocho días, fue de compras a un supermercado que estaba en la dirección opuesta al que solía frecuentar y en donde había varios cajeros automáticos. Se percibía algo diferente en el ambiente ese día. Jorge se sintió aliviado. No había gente extraña en las calles; vio pasar a sus vecinos, a los de siempre, y, aunque desconocía sus nombres y sus ocupaciones, pudo reconocerlos. Nada le era ajeno. En el estanquillo, las portadas de los periódicos informaban: «Capturan a peligrosa banda de criminales. Una intensa búsqueda culmina con éxito y con la muerte de los cabecillas». ¡Qué alivio! Eso explicaba todo lo que había estado ocurriendo durante aquellos agobiantes días.

Caminó tranquilo de vuelta a casa, seguro de que la vida volvería a ser como antes; feliz de saber que podría regresar a la rutina. Al detenerse en la esquina, una motocicleta se acercó a toda velocidad. Una idea cruzó por su mente: de un momento a otro empezarían a disparar. Cerró los ojos y se preparó para morir. La moto pasó de largo. Era un repartidor de pizza. Jorge se rio como un tonto. Ahora estaba bastante seguro de que no lo esperaban más sobresaltos.

Transcurrió una semana. Jorge volvió a la clínica y atendió a todos sus pacientes, incluso a los nuevos, ahora con la confianza de saber que ninguno había sido enviado por sus perseguidores. La barba comenzó a crecerle de nuevo. Tuvo tiempo para descansar durante aquel fin de semana. Al acercarse el mediodía, se le antojó una Coca-Cola. Salió a buscarla al supermercado. Caminó sin prisa, disfrutando del calor de la primavera. No se había sentido tan bien en muchos días. Ahora podría comprar todo lo que quisiera y no solo la sopa de tomate enlatada que tanto le gustaba.

Fue entonces cuando apareció. Mientras subía por las gradas hacia el segundo piso, vio un automóvil que desaceleraba mientras iba acercándose a él por el bulevar. Justo un poco antes de hallarse junto a Jorge, un hombre bajó el vidrio de la ventanilla derecha de vidrios polarizados y, haciendo un guiño, apuntó el índice en dirección a Jorge. Dvořák guardó silencio.

Fin

*****

[1] Compositor de nacionalidad austrohúngara (1841-1904), célebre por su Sinfonía desde el Nuevo Mundo. En este cuento se alude al tema del primer movimiento de su Concierto para cello No. 2 en si menor, opus 104. (Pronunciación figurada aproximada del apellido checo del músico: /dèbōyiák/; Dvořák).

[2] «Nudo que ataba al yugo la lanza del carro de Gordio, antiguo rey de Frigia, el cual dicen que estaba hecho con tal artificio que no se podía descubrir ninguno de los dos cabos» (Diccionario de la lengua española, RAE).

*****

Cuento escrito en 2011 y basado en la experiencia personal del autor, quien durante décadas ha convivido con la depresión causada por el trastorno psicoafectivo bipolar. Este relato fue escrito a manera de liberación en busca de autocomprensión de la paranoia que durante un tiempo aquejó al autor al punto de paralizarlo. Luego de una experiencia similar a la descrita en el cuento, el autor dejó de visitar durante un año el Centro Histórico de la ciudad de Guatemala, cuyas calles detonaban sensaciones como las descritas. El concierto para cello de Antonin Dvořák es una de las composiciones favoritas del autor, por herencia de su madre a quien también le gustaba. Durante la composición de este cuento, el escribiente escuchaba este concierto. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia

Fuerte como los brezos (cuento)

cropped-white-roseA todas las heroínas, con las disculpas que debería ofrecerles este mundo cruel, demente e injusto

La lluvia inundaba las calles aquella tarde de septiembre. Los torrentes otoñales arrastraban las penas de Érica. Un riachuelo gris descendía desde el poniente para terminar estancándose delante del cafetín junto al cual una desgastada acera era la ribera que le traía el recuerdo de los angostos ríos sobre los cuales dormían los puentes de su pueblo natal.

Érica miró hacia el cielo encapotado y se apresuró a entrar en la vetusta cafetería que se encontraba al lado del hotel donde se hospedaba con otros profesores que asistían a uno de los inútiles congresos que el Ministerio de Educación organizaba cada vez que había una crisis educativa en el país. El agua se colaba a través del techo y mojaba gota a gota el costal que una pordiosera de rostro adusto anudaba y desanudaba en el vano de la puerta y que contenía todos sus recuerdos, sus sueños, su cama, su hogar de caracol errante.

«Deme una moneda», dijo la harapienta. Entonces, una mujer gritó desde el fondo: «Portate bien o te saco». Érica le hizo una señal a quien había vociferado desde la cocina al mismo tiempo que se sentaba a la mesa situada en una esquinita del destartalado saloncito que daba a la calle. Luego dirigió la mirada a la mujer en harapos: «Esperá, esperate un ratito».

La mujer cetrina miró hacia el suelo y siguió anudando y desanudando en silencio su costal. «Señora, mejor cámbiese a otra mesa. Aquí se va a mojar. Siéntese más allá y en un momento la atiendo». Érica se levantó y volvió la mirada hacia la puerta para asegurarse de que la mendiga siguiera allí.

Entretanto, la vagabunda volvía a cerrar el costal con una cuerda muy delgada, no sin antes verificar que su misterioso contenido estuviera aún adentro. Los hombres grises se burlaban de ella y le jugaban bromas pesadas, así que no debía confiarse demasiado. La voz de Érica y su sonrisa aliviaron la inquietud de la mujer, que no se desprendía de su linyera, y le infundieron la confianza que otros aniquilaron poco a poco con sus gritos y el innecesario aspaviento que hacían cuando pasaban junto a ella.

«Regáleme una moneda», repitió en voz baja. Érica sonrió y le hizo de nuevo la misma señal que minutos antes había tranquilizado a la mujer. Los años le habían enseñado a Érica que la soledad podía ser su mejor amiga; eso sí, siempre y cuando no se quejara, hiciera a un lado la suspicacia y luchara por dominar sus melindres. Érica se esforzaba por ser auténtica y menos exigente con los demás. Pidió una taza de café.

La lluvia era constante, ligera pero insidiosa. El rostro opaco de la mujer que seguía de pie enfrente de ella, a tímida distancia, se iluminó con el fulgor de un relámpago. La imagen de aquella mujer grisácea quedó grabada en las retinas de Érica mientras sorbía el café.

Cerró los ojos al acercar el borde de la taza a los labios una vez más. Al mirar a través de la ventana, reconoció al grupo de profesores que, empapados, cruzaban la calle en dirección al hotel. «¿Me regala una moneda?», repitió la mendicante. «Vení, mamita, tomá». Érica colocó dos monedas sobre la mesa. La mujer se acercó como lo hacen los perros sumisos. «Sentate, mamita. ¿Querés una taza de café?».

La mujer de piel cenicienta sonrió, cogió una silla y la acercó a la mesa. «¡No, no, no! Aquí no podés sentarte. Te dije que si no te portabas bien te iba a sacar», dijo la mujer de la cocina, con el tono de quienes carecen de autoridad, pero fingen tenerla para ocultar las debilidades y los defectos que los harían perder el respeto de los demás.

«Déjela, por favor; la señora no me molesta. Tráigame otro café a mí y uno para ella… ah, y dos champurradas». La mesera miró hacia el mostrador del fondo, se volvió meneando la cabeza y se perdió dentro de la cocina.

Eran tres mujeres diferentes en sendas celdas. Tres mujeres en claustros ocultos de las miradas de la gente. Tres mujeres reunidas dentro de una caja atrapada en medio de las dos esquinas de una de las calles de la ciudad más gris del mundo.

Dieron las cinco de la tarde. La lluvia no cesaba. Se oyó un trueno en la distancia. Érica contó los segundos transcurridos entre el fulgor del relámpago y el trueno, tal como su madre le había enseñado de niña: la tormenta se alejaba. La indigente soltó el pan que Érica le ofreció y se cubrió los oídos con las palmas de las manos a la vez que apretaba los párpados. El retumbo de las olas del océano del cielo se repitió con un eco infinito. Una voz extraña que solo la mendiga podía oír se escondía en el rastro que cada descarga dejaba tras de sí.

Érica mojó el pan en el café. Vio hacia la cocina donde la camarera, con el ceño fruncido, limpiaba el mostrador. En ese instante, las famosas trece notas musicales del Gran Vals de Francisco Tárrega se oyeron en el recinto.[1]

La mujer intolerante sostenía el teléfono móvil y despotricaba en voz alta. Estaba molesta porque la lluvia no la dejaba marcharse a casa y su turno ya había terminado. Érica no les prestó mucha atención a sus palabras, pero sí a sus gestos. La mujer hablaba con gesticulaciones caribeñas muy expresivas que reafirmaba con la mano izquierda, la que le quedaba libre, mientras con la otra sostenía el aparato color de plata.

La tormenta menguó y las mujeres, atrapadas en sus mundos, vieron hacia afuera, hacia la calle, donde un hombre empapado de pies a cabeza usaba el teléfono monedero de enfrente. La mujer del rostro gris empezó a balbucear y a repetir términos matemáticos, geométricos y trigonométricos. La palabra hipotenusa empezó a salir de su boca una y otra vez, mientras Érica, atónita, la escuchaba sin entender por qué pronunciaba aquella palabra. La mesera cogió su bolso, metió en él el teléfono y avanzó hacia la puerta. Era la hora de marcharse a casa para seguir allá la pelea que había comenzado unos minutos antes.

Érica sacó del bolso una hoja de papel doblada por la mitad, la extendió sobre la mesa y leyó:

«brezo. (Del lat. hisp. broccĭus, y este del celta vroicos; cf. galés grug, irl. ant. froech y gaélico fraoch). 1. m. Arbusto de la familia de las Ericáceas, de uno a dos metros de altura, muy ramoso, con hojas verticales, lineales y lampiñas, flores pequeñas en grupos axilares, de color blanco verdoso o rojizas, madera dura y raíces gruesas, que sirven para hacer carbón de fragua y pipas de fumador».[2]

Campo de brezos
Campo de brezos

Érica volvió a doblar el papel y lo devolvió al interior de su bolso. Era bueno para su corazón recordar esa extraña respuesta. Ella era fuerte como los brezos. Ella había seguido adelante a pesar de la soledad y a pesar de que la vida no había sido un lecho de rosas. Realmente, aquella era una respuesta muy extraña a la pregunta que le había hecho al único hombre que había amado de verdad en su vida.

Pensó en la mujer furibunda que había salido a través de la puerta maldiciendo y tratando en vano de aliviar así su frustración; entonces se volvió a la demente que probablemente se había refugiado en el silencio para evitar el dolor y el sufrimiento. No obstante, a Érica no le quedaba más camino que ser fuerte como los brezos a los que tanto se parecía, porque el cariño es a veces más resistente que lo que muchos suelen llamar amor; y también soporta el fuego de la existencia.

Esa tarde, Érica comprendió que la predestinación no existe, que en realidad todo lo que sucede en el presente no es sino la consecuente cosecha de lo que se ha sembrado en el pasado, y que el tiempo suele venir de visita de vez en cuando a lo largo de toda la vida.

Fin

*****

[1] Alusión a las trece notas musicales que la empresa Nokia usaba como timbre en sus primeros teléfonos móviles. Estas fueron tomadas del Gran Vals, composición para guitarra del español Francisco Tárrega (1852-1909).

[2] Se ha tomado esta definición del Diccionario de la lengua española, Real Academia Española.

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Este cuento fue escrito originalmente en 2011. El personaje de la pordiosera está inspirado en una mujer que padecía trastornos mentales con quien el autor compartió una botella de vino en el parque Morazán, de la ciudad de Guatemala, una noche de finales de la década de los años 1980. Aunque era evidente que la mujer no comprendía nada de lo que el autor decía, esta y otras experiencias similares avivaron la curiosidad del escribiente por comprender el comportamiento humano. Los rasgos del personaje de la profesora se basan en una maestra de educación primaria, atrapada en el fallido sistema educativo de Guatemala, a quien el autor conoció en 1993. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia

Y al final del invierno… de nuevo la esperanza

cropped-white-roseQuienes desean perpetuar la seguidilla de fracasos humanos suelen tildar de pesimistas las palabras del Congregador, que se recogen en apenas 12 capítulos que, no obstante, me parecen el mejor manual para la vida y la más franca y realista descripción de la existencia humana y de las consecuencias de la tontedad y la locura, pero también de la satisfacción y de la paz que pueden obtenerse del contentamiento que la sencillez y el obrar con sabiduría traen como natural consecuencia.

Concluye Salomón con una poética descripción de los rigores del invierno de la existencia y sus efectos en la carne del hombre mortal, y lo hace junto con una cariñosa invitación a quien es joven y que, debido al vigor, olvida que las flores de la primavera se marchitan, y que el ardor del verano es breve, que la sensatez del otoño es leve y que al final del camino a todos nos espera el frío invernal.

Escribió el rey Salomón hace unos 3,000 años:

«Acuérdate de tu Gran Creador en tu juventud, antes de que vengan los días angustiosos y lleguen los años en que vas a decir: “No encuentro en ellos ningún placer”; antes de que se oscurezcan el sol, la luz, la luna y las estrellas, y regresen las nubes después del aguacero; cuando los guardianes de la casa se vuelvan temblorosos, los hombres fuertes se encorven, las mujeres dejen de moler porque ya quedan pocas y las señoras que miran por las ventanas vean oscuridad; cuando las puertas que dan a la calle se cierren, cuando el sonido del molino se oiga bajo, cuando uno se despierte al canto de un pájaro y todas las hijas del canto se debiliten; cuando además uno tenga miedo a las alturas y haya temores en la calle; cuando el almendro florezca, el saltamontes se arrastre y la alcaparra reviente, porque el hombre va caminando a su casa permanente y los que hacen duelo andan por las calles; antes de que se parta el cordón de plata, se haga pedazos el tazón de oro, se rompa la vasija junto a la fuente y se quiebre la rueda para sacar agua del pozo. Entonces el polvo vuelve a la tierra, tal como era, y el espíritu vuelve al Dios verdadero, que lo dio. ¡La mayor de las vanidades! —dice el congregador—. ¡Todo es en vano!»

Y, no obstante, el ser humano se aferra a la vida, a la vida sin fin que fue implantada en su corazón.

El 29 de marzo de 2019 evoqué la primavera y los dolores que esta trae para los que llevan en su corazón la llama del vigor y el fuego de la demencia, pero a la vez la tranquilizadora monotonía de las lluvias primaverales. Entonces, el 27 de junio, me referí al océano de luz del verano y a sus consecuencias para aquellos cuyas mentes son más sensibles a los cambios de luz estacionales. Más tarde, el 31 de octubre, traté de describir las sensaciones placenteras que el otoño me brinda, a pesar de la leve tristeza, esa que suelo llamar dulce melancolía.

Touched with Fire JSCHoy, me ocupo del invierno. No obstante, no voy a citar a la doctora Kay Redfield Jamison ni a su interesante libro Marcados con fuego, del cual me ocupé en las tres entradas aludidas. Solo diré que, aunque la primavera ha sido a lo largo de mis casi 55 años la antesala de la desesperación, aliviada solamente por las frescas gotas de las lluvias primaverales, hoy la veo de manera distinta cuando pienso en el dolor del cual suelo olvidarme… no solo el que reside en la mente; hablo de los malestares y las limitaciones que Salomón describió magistralmente por inspiración suprema y que, por varias razones, a veces nos alcanzan más pronto de lo que quisiéramos.

Empero, estas palabras no están escritas con pesadumbre, sino con satisfacción, con deseos de vivir y con la confianza de que aunque nuestros días lleguen a su fin, siempre habrá esperanza, porque la vida es imparable y el campo siempre se cubrirá de flores cuando venga por fin la última primavera.

Julio Santizo Coronado, 2 de enero de 2020 (invierno)

Mecido por la noche del otoño

cropped-white-roseA lo largo de mi vida, las fluctuaciones del estado de ánimo han seguido un patrón estacional que intuí desde la niñez. No obstante, no fue sino hasta hace unos cuantos años cuando comencé a observar con más atención tales cambios, a comprenderlos y a actuar en consecuencia. No extraña, por tanto, que siendo un niño de unos 8 o 9 años, hasta donde puedo recordar, sintiera verdadera aversión por el mes de marzo (nací y vivo en el hemisferio norte) y tampoco que me sintiera especialmente incómodo cuando la primavera se acercaba. Las cefaleas fueron, y siguen siendo, el mayor problema durante la primavera, hasta que el verano se establece.

No obstante, la oscuridad de la noche siempre me ha dado alivio. Lamentablemente, no siempre manejé bien este recurso; y aunque la vida nocturna como suele entenderse nunca fue en mi caso la mejor manera de sentirme bien, ya que siempre huí del ruido y de las multitudes, sobreviví en la ciudad de Guatemala a los paseos nocturnos desde la medianoche hasta cerca del amanecer, en una época en que la violencia no había llegado al crítico nivel del siglo XXI. Esto tiene mucho sentido, ya que la fluctuación lumínica diaria guarda correspondencia con el cambio de estaciones y la menor cantidad de luz que recibimos en el hemisferio norte en el otoño y, más tarde, en el oscuro y frío invierno.

Apunta la doctora Kay Redfield Jamison en el capítulo IV de su libro Marcados con fuego: La enfermedad maníaco-depresiva y el temperamento artístico, página 134 (Fondo de Cultura Económica, 1998), citando a W. Mayer-Gross, E. Slater y M Roth:

«Los síntomas mejoran cerca del anochecer, en especial la lentitud y el estado de ánimo depresivo cambian para bien. Sin embargo, por la mañana el paciente despierta de su sueño con un humor característicamente sombrío, o solo se siente bien durante algunos minutos antes ―como dicen― de que caiga sobre él la depresión “como una nube”».

Eso es precisamente lo que experimento, y tal ciclo, me parece, se ha definido con mucha más claridad mientras me acerco a la tercera edad. Felizmente, también es más fácil reconocer los cambios y actuar en consecuencia. La doctora Redfield Jamison anota:

«Los ritmos circadianos están implicados en algunos síntomas de la depresión, tales como el despertar temprano y la variación diurna del humor».

Touched with Fire JSCNo obstante, a pesar de que desde tiempos de Hipócrates se observa que la manía y la melancolía se acentúan en la primavera y el otoño, en el caso que describo (el mío), la segunda es especialmente benéfica en el otoño, al punto de haberla calificado con el adjetivo dulce. Esa dulce melancolía es lo que me permite, especialmente entre octubre y noviembre, ser más productivo en sentido estético (eludo la arrogancia, así la veo, de llamarlo artístico). De tal suerte que justo hoy, 31 de octubre, a comienzos del otoño, he finalizado la escritura de un nuevo libro para niños: El libro que enseñaba a escribir.

Así como los días del año favorecen a quienes son especialmente sensibles a las fluctuaciones de luz, la noche del año, que principia en el otoño, resulta bienhechora (incluso en los trópicos, donde nací, crecí y vivo), pues los pacientes bipolares son aún más sensibles a tales cambios lumínicos. Las noches, las noches largas, los días fríos y ventosos, la lluvia otoñal, las tardes grises, todos estos (al menos en mi caso) favorecen la creatividad y la sensación de paz y tranquilidad… siempre y cuando sobreviva a la luz del día y a la luz terrible de la primavera, la peor estación para los poetas que lo son.

Julio Santizo Coronado, 31 de octubre de 2019 (otoño)

Cabalgando sobre las llamas del verano

cropped-white-roseEl 29 de marzo, cuando la primavera y el fulgor del sol ahogaban la tranquilidad de los días de la dulce melancolía que poco a poco se fue disolviendo en un océano de luz, escribimos A la espera de la primera lluvia de primavera. Nos referimos entonces al capítulo V de Marcados con fuego: La enfermedad maníaco-depresiva y el temperamento artístico, de Kay Redfield Jamison, titulado “La gangrena de la mente en estado salvaje”, y extrajimos de sus páginas algunas de las más angustiosas expresiones del poeta Lord Byron.

Ahora, cuando el verano ha comenzado en el hemisferio norte, cuando las lluvias de la primavera han dejado de ser un bálsamo tranquilizador para transformarse en las llamas del estío, citamos algunas de las observaciones de la doctora Redfield Jamison (quien vive con el trastorno psicoafectivo bipolar) que encontramos en el capítulo IV (“Sus vidas cabalgan sobre la tormenta”):

«Hace más de dos mil años, Hipócrates observó que la manía y la melancolía se presentaban con mayor frecuencia en la primavera y en el otoño, y Posidonio, en el siglo IV d. C., observó que la manía solía ocurrir con más frecuencia en los meses del verano. A finales del siglo XVIII, el psiquiatra francés Philipe Pinel describió las pautas estacionales de la locura intermitente, y a principios del siglo XIX Kraepelin, escribiendo acerca de la enfermedad maníaco-depresiva, describió sus experiencias clínicas sobre las pautas estacionales del humor: “Vi en repetidas ocasiones que en estos casos aparecía un humor taciturno en el otoño, el cual se desvanecía en la primavera: ‘cuando la savia brota de los árboles’, para excitación, que en cierto sentido corresponde a los cambios emocionales experimentados hasta por los individuos saludables cuando cambian las estaciones'”».

Touched with Fire JSCRecuerdo que en mi infancia, quizás entre los años 1970 y 1974, cuando tenía entre cinco y nueve años de edad, marzo y el calor en aumento de la primavera eran una condena que se traducía en jaquecas y malestares que, estuviese o no a solas, se transformaban en una sensación de ausencia y aislamiento que no podía explicar sino con las desconcertantes palabras dirigidas a menudo a mi madre: «No quepo dentro de mi cuerpo». Y si a eso añadimos tardes de verdadera soledad, es decir, dos soledades conviviendo en la misma mente, y en una gran casa de dos plantas, sin duda fui muy afortunado al sobrevivir a aquellos días, especialmente cuando el verano se materializaba en un país tropical en el cual todos niegan la existencia de las estaciones y donde erróneamente llaman invierno a la primavera y al verano. La doctora Redfield Jamison confirma mis pueriles sensaciones:

«La investigación moderna confirma estas observaciones. Hace poco revisé la bibliografía científica sobre las pautas estacionales de la manía, la depresión y el suicidio […]. La revisión de estos estudios de los meses críticos de las pautas estacionales en que se presentan episodios de manía y depresión indican que los hallazgos son congruentes a pesar de los problemas metodológicos intrínsecos en este tipo de investigaciones. Hay dos períodos generales de crisis, evidentes en la incidencia estacional de los episodios de depresión mayor: la primavera (marzo, abril y mayo) y el otoño (septiembre, octubre y noviembre). Tenemos menos información sobre la manía, pero su incidencia principal ocurre en los meses del verano y a principios del otoño».

Así es, incluso en las regiones tropicales, donde los cambios de luz asociados a las estaciones parecen no ser evidentes (salvo para quienes viven con una exacerbación de los sentidos y luchan día a día contra las emociones que se lanzan desbocadas) esto es un hecho. Estos cambios se expresan a menudo como comportamientos que pueden ir desde lo que a algunos resulta extraño o molesto, hasta la verborrea, la osadía y la falta de juicio, incluso en el caso de los más conscientes de su propia naturaleza o «condición», para usar ese eufemismo tan en boga del cual echan mano incluso algunos pacientes para convencerse de que aquello con lo que conviven no es una enfermedad, lo que podría ser un desatino que conduzca a la enajenación.

La doctora Kay Redfield Jamison incluye en el capítulo de Marcados con fuego que hemos citado los versos con que T. S. Eliot expresa las «metáforas de la vida y del proceso creador, sus yermos inviernos y sus esperadas primaveras, y sus perturbadoras y cambiantes estaciones», tomadas de Little Gidding:

Cuando más brilla el breve día con niebla y fuego, / El breve sol deshace el hielo del dique y del estanque / En frío sin viento, que es calor del alma / Reverberando en un espejo acuoso, / Un brillo que es ceguera por la tarde. / Un destello más intenso que la llama de leña o del brasero agita el alma aturdida; no hay viento sino pentecostal fuego, / En la época tenebrosa del año, entre deshielo y hielo / La savia del alma se estremece. No hay olor a tierra / Ni olor a ser vivo. Esta es la primavera / Pero no la pactada con el tiempo.

Antonio Vivaldi expresa esa transición en la escala de los sentidos y las emociones, y la lucha que se entabla en la mente de todos los seres humanos, especialmente de aquellos que han sido tocados por el fuego, en El verano.

Julio Santizo Coronado, 27 de junio de 2019 (verano)