Historia de un dolor pertinaz (cuento)

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Aún atesoraba la esperanza que alivia el sufrimiento. Las desgracias, los sinsabores del afán que se transforma en rutina y las inesperadas traiciones habían agriado el espíritu de Deimos de a poco y, sin embargo, en el fondo de su corazón aún brillaban los rescoldos de la felicidad.

Andar de una parte a otra por calles conocidas y descubrir nuevas avenidas hacía más soportable la levedad de su vida. Todo habría sido mucho mejor, de no ser por las insidiosas burlas de Fobos, su hermano gemelo. Con cada retornelo, con cada amanecer, se le hacía más difícil abrirle la puerta al mundo y recibir puros mendrugos de amor. Y aunque el cansancio vital se hacía insoportable en algunos días, seguía luchando por vivir, aunque sin entender bien por qué.

A veces, cuando los días eran asfixiantes, Deimos se asomaba a la ventana de la habitación a observar a los viandantes que se veían tan llenos de vida persiguiendo sus deseos con una constancia que le resultaba ajena e inalcanzable. Incomprendido por su gemelo adicto al miedo, Deimos fue transformándose en un ser de proverbial melancolía.

Una de aquellas tardes de silenciosa observación, Deimos, incapaz de olvidar el día en que la vio por primera vez, arrancaba de sus pensamientos todos los detalles que no encajaban en sus engañosos deseos y los sustituyó con recortes idílicos de sus carencias y tormentos, pues la impresión original suele ser ―dicen― la más importante: ella era bella, verdaderamente bella. Deimos llegó a la conclusión, después de horas y horas de silenciosa contemplación, que ella jamás le causaría ningún dolor, o al menos no aumentaría el que ya era parte de su alma. Persuadido por sus palabras, Deimos aceptó su invitación a sentarse a la vera del camino de los días grises para escuchar y ser escuchado por el silencio.

Transcurridos varios días, semanas, meses… muchos días que llegaron a parecer años, sucedió lo que suele suceder: Deimos apretó los párpados y solo pudo ver con su engañoso corazón, el que rebosaba de la melancolía de quienes idealizan hasta las más triviales tonterías. Así, su existencia continuó fluyendo en medio del vacío al que los seres humanos llaman tiempo.

Lejos quedaron todas las cosas que llenaban otrora su vida con pinceladas de color. Lejos estaba ahora la verdadera felicidad; sin embargo, Deimos se había convencido de haberla encontrado de nuevo, y llegó a pensar con absurda ilusión que ese aparente reencuentro no era producto de la coincidencia ―se lo decía en su afán de convencerse por la querencia―, que ella había estado esperándolo por siempre y que jamás lo abandonaría.

Deimos siguió evadiendo el dolor que causa contemplarse en el espejo de las verdades, e hizo lo que todos terminan por hacer: se mintió a sí mismo avivando así su sufrimiento y lo que todos creen que es la individualidad ―una de miles de millones de copias―, convencido de que ese era el camino que lo conduciría con seguridad al descanso y la paz (porque hay mentiras que solo se le dicen a una persona… a uno mismo).

El horizonte del futuro se hacía más y más oscuro cada vez que se encontraba con ella a la vuelta de la esquina. Mientras más conocía sus caprichos menos deseaba estar con ella, y, no obstante, el temor que le provocaba no superaba la fuerza de atracción que lo arrojaba a sus brazos.

El miedo, empero, terminó por transformarse en desagrado y, como suele ocurrir con todos los enamoramientos pasajeros y espurios, empezó a esquivarla para no verla, para no oírla ni saber de ella. Sin embargo, en el fondo de su corazón moraba la convicción de que, al haberle abierto la entrada de su existencia a aquella dama de engañoso rostro, se había condenado a que le arrebatara la felicidad que, vestida de harapos, ocultaba en el cajón de la decepción.

Y aunque Deimos sabía muy bien lo que debía hacer, habiéndose entregado a la pusilanimidad que caracteriza a los espíritus flojos y domeñados empezó a acariciar la idea de darse por vencido; así que comenzó a preguntarse si para acabar con aquel nuevo sufrimiento no sería mejor rendirse a los nebulosos encantos de aquella mujer que caminaba sobre la vereda del dolor.

Ella dejó muy pronto de ser la beldad de la voz dulce para convertirse en la arpía violenta de cuyos brazos era imposible desasirse. Lejos se encontraba la romántica imagen del primer encuentro; ya no quedaban notas del canto que alguna vez le susurró al oído. Para no soltar la presa, jugaba al camaleón: adoptaba el color de un libro funerario, el tono de las tardes lluviosas, o se enfundaba en el traje de la nostalgia para aparecerse en cualquier lugar: en el amanecer, en la luz del día, en las tinieblas de la noche, en las hojas del té, en el aire que respiraba, en las sombras del atardecer…

Hasta el día cuando le propinó el más traicionero de los golpes bajos: el puñetazo de la incertidumbre. Se lo había arrebatado todo, pero nada nunca le bastó ni le bastaría jamás; Deimos no podía dar marcha atrás. Aquel desliz y sus engañosos pensamientos lo devolvieron a aquello de lo que había tratado de huir alguna vez… del dolor constante, del dolor pertinaz que empieza siempre como un juego, como un coqueteo; del osado guiño de la falsa inocencia, por haberse atrevido a conversar un día con la mismísima muerte.

Fin

*****

Este cuento fue escrito originalmente en 2004. El autor no deseaba publicarlo de nuevo, ya que, más que un ejercicio literario, se trata de un desesperado grito en busca de alivio del dolor emocional. De manera que, aunque lo modificó muchas veces, nunca se sintió satisfecho. Esta vez no fue la excepción. Luego de estar a punto de pulsar el deleátur del ordenador, decidió darle una nueva oportunidad, por lo que se publica de nuevo en este blog. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia